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En FAMILIA

APRENDAMOS A COMUNICARNOS

APRENDAMOS A COMUNICARNOS

Un aspecto vital que no podemos descuidar en nuestra FAMILIA es: La Comunicación.

Este artículo no está dirigido al aspecto de que los miembros de una familia tomen un teléfono o un celular, una tablet y se llamen o llamen a sus amigos, clientes etc. ¡No!, eso es en realidad lo que ocasiona una verdadera ruptura de las relaciones de muchos miembros en las familias; lo que vamos a tratar, es el elemento esencial de saber lo que hace cada miembro dentro de la familia y como sí este fuera uno solo, la comunicación en ellos vierte de tal manera que la relación entre ellos es verdaderamente como una familia que se ama mucho.

Has escuchado alguna vez: ¿a dónde fue tú hermano? Y la respuesta fue: “no sé”, “no dijo nada”, es sabido que la comunicación fomenta las relaciones personales entre los individuos y en la familia es vital, no puede haber relaciones familiares que son interpersonales sin que exista comunicación. La comunicación entre los miembros de una familia, permiten conocerse a una enorme escala que estrechan sus vínculos afectivos a medida que la confianza entre ellos va ganando terreno.

Papá y mamá, desde que han unido sus vidas en la gran tarea del matrimonio, debieran haber fomentado la comunicación entre sus hijos y con ellos mismos; los acontecimientos fluyen de manera vertiginosa que llega el momento que cuando a uno se le olvida de un detalle mínimo como por ejemplo: guisar sopa de codito, uno de los miembros expresa: a Josuelo, no le gusta mamá la sopa de letras, pero esto es lo más simple, ¿qué será en momentos cruciales de un miembro de una familia?, su hijo no llega a casa y son las 2.00 a.m, están angustiados los padres, pero no saben ni siquiera un teléfono de uno de sus amigos, es más no conocen a sus amigos o su novia, “falta de comunicación”.

 

El fomentar la comunicación en la familia genera grandes oportunidadesde abrir su persona a los demás, es un deseo de que los otros miembros lo conozcan, las crisis de un miembro de una familia radica en uno de sus puntos en la falta de conocimiento de su persona y por ello ese miembro se expresa muchas veces así: “Yo aquí sobro”, “en todo complace mamá a mi hermana, pero a mí no”, “uff mi papá no sabe ni la fecha de mi cumpleaños”, “ a mí mamá no le importa si estudio o no”.

Es tan triste ver a familias muy numerosas de 9 miembros que están juntas físicamente, pero a la vez tan lejos una de otra; muchos creen que siendo pocos se puede prestar mayor atención a los hijos, más eso es un gran error que sucede con mucha frecuencia, puede haber cuatro miembros en una familia pero sí no hay comunicación parecen verdaderas lapidas que sólo tienen un nombre exterior, pero de su interior la tierra lo guarda.

Esa es la incertidumbre, la angustia, la frialdad que viven en la actualidad los miembros de una familia y esto conlleva a familias desintegradas, inhumanas, verdaderos pozos vacios; estos miembros al faltarles esa comunicación la canalizan con algún amigo a quién se le llama varias horas del día, otros horas jugando en un nitendo, play statión, juegos virtuales en la computadora, muchos canalizan esa necesidad en ver largas horas de pornografía o simplemente el tener siempre encendida la televisión tratando de que el ambiente no se sienta vacio.

Hay muchas familias que comparten la misma mesa, comparten camas, baño, sala, utilizan lo que hay en una casa pero… no son capaces de compartir algo de su persona interior, algo de sus talentos, algo de sus inquietudes, lo que sale de ellos son quejumbres porque el hermano está en el baño y el quiere entrar, enojos porque no hay agua caliente, no hay pasta dental, porque uno utiliza la plancha para el pelo y ya se le hace tarde etc. da risa pero en cuanto salen de sus hogares les cambia el semblante y van al encuentro de alguien que no es su familia pero con quien siquiera puede expresarle algo suyo o siquiera platica con él o ella.

Hay una verdad que podemos poner en alto: “las relaciones familiares no crecen por la cercanía física de sus miembros, sino por la comunicación que hay en ellos. Una familia es grande en el sentido de plenitud cuando sus miembros se conocen los unos a los otros y su comunicación fluye como el agua en un rio, una familia se ama más entre más se conoce porque su valor crece al integrarse mutuamente en un solo modulo: la “familia”; Cristo Jesús lo puso de manifestó: En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros.” Jn 13, 35. La comunicación en la familia es tan preciosa como el oro porque hace brillar el amor en su seno.

Para que una familia crezca sanamente en sus relaciones interpersonales es necesario aprender a comunicarse, comunicarse no es solo hablar, trasmitir una idea, un pensamiento, es también saber escuchar y asimilar el valor de lo que se nos comparte por ello para enseñarnos a comunicarnos dentro de nuestra familia que nunca es demasiado tarde aunque cueste un poco de más trabajo podemos empezar con el paso básico:

Necesitamos ejercitarnos en el arte de escuchar, que es mas que oir. EA-EG SP Francisco.


 1. Aprender a escuchar. Qué difícil es saber escuchar, el ser no se aguanta el querer intervenir y expresar lo que siente a causa de las palabras que llegan a él, o hay una parte viciada de su persona que solo piensa en exponer lo que él piensa o sabe y cuando dos hombres o hermanos tienen ese mismo defecto truenan inmediatamente, hay una discapacidad oral para comunicarse; el arte de este primer punto es fomentar en los hijos el que sea un excelente escucha, desarrollar su virtud de escuchar al otro, contener esa ansía de responder apresuradamente, Cristo Jesús lo enseña correctamente: Jn 8, 3-7 Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?” Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: “Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.”

Jesús escuchó con atención y tuvo el tiempo de deliberar con sabiduría a talgrado que los ansiosos escribas insisten y por fin Jesús contesta palabras de vida para una mujer y una gran enseñanza para la familia.

El arte de saber escuchar para muchas familias está vedado, pero sí nosotrosmotivamos en nuestros hijos y a nosotros como esposos a ser buenosescuchas seguramente crecerá la familia en calidad y amor entre los miembros, sólo así se puede penetrar más en la verdad, el profeta Samuel ensus primeros años cuando Yahvé se le manifiesta no sabe que hacer, pero Elí se da cuenta que es Dios que se trata de comunicar y le dice estas bellaspalabras: 1Sa 3:9 y dijo a Samuel: “Vete y acuéstate, y si te llaman, dirás: Habla, Yahvé, que tu siervo escucha.” Samuel se fue y se acostó en su sitio.

Que reconfortante es cuando mamá o papá o un hermano nos escucha cuando traemos una situación muy fuerte que nos enloquece casi, el alma descansa, crece la confianza o cuando alguien expresa alguna inquietud o un proyecto y mamá o papá o la hermana no lo clarifica más aun.

 

2. Hablar de lo que se le quiere comunicar. Es frecuente escuchar pláticas que parecen que cada uno de los que intervienen en la comunicación, lo menos que le interesa es hablar de lo que el otro habla; cuando una hermana nos dice: tengo un dolor muy fuerte en la espalda, el hermano que le escucha comúnmente deduce dos acciones muy rápidas y faltas de sensatez: “tomate unas pastillas para el dolor”, la segunda es peor aún: “a mí me duele un pie”. Cuando hablamos de ese dolor y nos interesa lo del dolor de espalda del hermano, se puede fomentar entre los hijos la atención, el interés y el valor de lo que le comparte e invita a que le digan a su hermano: ¿en algo te puedo ayudar?, ¿quieres que vayamos al médico?, ¿ya se lo dijiste a papá o mamá para ir con el doctor?, no laves los platos recárgate en el sofá yo los lavo, ofrecerle un vasito con agua e incluso hasta darle un pequeño masaje, esta acción gana en el corazón del doliente confianza y amor a aquel hermano.


3. Reconocerle cualidades, dones, carismas a un hermano. Cuando la envidia abarrota las relaciones y la comunicación en los hijos, es muy duro para los papas unir a la familia, los dones de Dios, los carismas y talentos se vuelven un obstáculo para tener una buena comunicación en la familia sin que en ellos brote la envía por lo que él otro tiene. Cuando los papas fomentamos el reconocimiento de los talentos, de los dones en los hijos y estos se los reconocen personalmente sin malicia, genera verdaderas oportunidades de crecimiento y una sana explotación de sus dones; qué bello es cuando un hermano le dice a tú hermana: tú vas a decir la poesía de navidad por lo hacen muy hermoso y ella le dice al hermano y tú vas a organizar la cena porque eres muy hábil para ello o cuando los hermanos le dice a uno de ellos que tiene el gran talento de ser un fondista en el atletismo le dicen tú puedes adelante, le dicen a la mamá comprarle este alimento para que este fuerte u otro llega y le dice: te tengo un regalo para esta carrera y le muestra unos tenis de pista preciosos, ¿cómo cree que se siente aquel hermano?, ¡aaahhhh que hermosa es la familia!; ¿ha observado lo que se puede generar con el simple hecho de reconocer y fomentar lo que Dios nos da como dones, carismas y talentos?; Cristo Jesús vio venir a Andrés y a Simón y Andrés no se enojo porque Jesús se dirige a su hermano: Jn 1, 42 Fijando Jesús su mirada en él, le dijo:”Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas” – que quiere decir, “Piedra””. Simón Pedro no se enojó porque paso una tarde con Jesús y no lo invitó, Andrés no tuvo envidia de su hermano y lo lleva con el mesías, de igual manera Pedro nunca le dijo: quítate Andrecito porque yo valgo más.


4. Hablar con sinceridad. ¿Cuántas veces pensamos que el esposo, la esposa, los hijos, los amigos nos están dando el avión como vulgarmente se dice cuando hablamos?, muchas veces sentimos que cuando un hermano nos habla no es sincero con nosotros y desconfiamos de lo que nos comunica o dice; la sinceridad que la familia debe de fomentar entre sus miembros es de suma importancia, pues va a ser determinante en la credibilidad e imagen del miembro, muchas ocasiones oímos comentarios muy negativos de algún miembro de la familia porque no es sincero, lo tienen como mentiroso, como engañador, como hipócrita, como en alguien ue no se puede confiar, hablar con sinceridad determina el punto crucial de las relaciones entre sus miembros, fomentarlas desde pequeños ayuda a que en el futuro ese miembro sea integro en todo lo que dice.


5. La amabilidad y la cortesía resuelven muchas cosas. Hay familias donde sus miembros de tontos no se bajan un dedo, familias donde lo lépero, lo descortés, lo hiriente es una forma y cultura de vida, cuantas madres y padres utilizan un lenguaje soez, vulgar y altisonante, donde sus miembros solo viven para sí y los demás no interesan; es de gran valor en la familia que fomenten estas dos virtudes en sus miembros porque van a generar relaciones gratas, la manera de comunicarse fluye a ritmo armonioso, con ello es capaz de respetarse mutuamente, respetando su espacio, su tiempo, su persona, la amabilidad cambia toda respuesta que aunque sea negativa difiere de reaccionar negativamente.

Sí se unen estos 5 puntos nos damos cuenta de que la labor de la familia se simplifica, la comunicación genera ambientes optimas de relaciones plenas, objetivas y crecientes en la familia; Jesús después de predicar en la sinagoga va a casa de Pedro y le cuentan que la suegra de Pedro está enferma, con dulzura de hijo, amablemente le toma la mano y esta quedo sana; tras la muerte de Lázaro, el dolor de sus dos hermanas es conmovedor y Martha y María le dicen: “sí hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano”, conmovido y cortés les dice: crees en la resurrección y entonces con autoridad y amabilidad a la vez les dice: muevan la piedra del sepulcro. La forma de decir las palabras cambia la respuesta que le da el hombre a ellas.

Papá y mamá, sí en la familia se fomenta la virtud de la comunicación, la relación de sus hijos y ustedes será distinta a muchas familias, reinará el espíritu del amor y a través de la comunicación se realizarán muchas cualidades que sus miembros van descubriendo, al abrirse al otro brotan de el canales de comunicación que llevan a la autenticidad de su conducta y al equilibrio emocional de sus ideas, convicciones, cultura, religiosidad y desde luego la armonía con Dios.

Salamanca, 26 de junio del 2013.

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¿Acaso tambien ustedes quieren irse?

¿Acaso tambien ustedes quieren irse?

¿POR QUÉ LOS HERMANOS DE VAN?

Jn 6, 66-67

 

“Desde aquel momento, muchos de sus discípulos se retiraron y ya no andaban con El.

Entonces JESUS pregunto a los Doce: ¿Acaso también ustedes quieren irse?

 

Introducción

Como sabemos, muchos hermanos «nuevos» no perseveran en la comunidad.

Las causas para que ello ocurra pueden ser muchas, pero una de las principales es que ellos no fueron edificado; no encontraron su lugar en la comunidad. Me explico. Si yo planeo construir una segunda planta en mi casa, y compro cuatro millares de ladrillos, pero tengo las pilas de ladrillos frente a mi casa, ¿están edificados? No. Solo están sobrepuestos y cualquiera puede llevárselos, por lo que tengo que pasármela cuidándolos. Pero si pongo manos a la obra y construyo con esos ladrillos, ya nadie se los podría llevar. ¿Por qué? Porque ya fueron edificados. De la misma forma, si cada hermano de la comunidad encuentra su lugar –o sea, su ministerio-, difícilmente se ira y ya no tendré que vivir sobresaltado, como lamentablemente ocurre con muchos lideres, temiendo que alguien se lleve a mi gente.

 

Lo que tiene que evitar el pastor es que se de cualquiera de estas dos posibles situaciones: que la persona, a pesar del tiempo transcurrido y las experiencias vividas, no este dispuesta a servir comprometidamente; y lo contrario: que se comprometa en demasiadas cosas y caiga en un desorden y activismo. En el primer caso, tendrá que estimularle a servir. En el segundo caso, le ayudara a discernir que es lo que realmente quiere el Señor de ella y ayudarle a ir dejando los otros compromisos que le distraen del cumplimiento de su misión.

 

Causas y Efectos

 

1. Autenticidad es el fruto en la vida de un cristiano convencido y maduro.

Donde hay un cristiano maduro, hay un hombre auténtico. La autenticidad se hace urgente cuando tomamos en cuenta el ambiente de la sociedad de hoy donde abundan muchas falsificaciones y se han refinado de sobremanera las técnicas de manipulación de la sociedad y de los individuos.

Quien quiera ser idéntico con su ideal, tiene que conocerlo y ponerse a trabajar de una manera práctica y real para identificarse con él.

 

2. Inautenticidad

Es una nota desafinada en la sinfonía del hombre auténtico, o como una grieta en la pared del hombre maduro. Se da por muchas causas.

La inautenticidad causada por el "qué dirán" consiste en adecuar el comportamiento a lo que los demás esperan de uno y no a lo que dictan las convicciones y opciones personales. No cabe duda de que está bien y es un acto de caridad pensar en el efecto que el propio obrar tiene sobre los demás. El peligro está en absorber o incorporar comportamientos falsos, como si se tratara de ponerse una máscara para representar un papel.

 

"respeto humano" es una de las formas más comunes de inautenticidad. Su causa se encuentra en una falta de valor personal, por la cual las convicciones se quebrantan ante la presencia de los demás. Cuando esto ocurre, el comportamiento ya no sale de lo profundo, sino del "qué dirán" de los demás. Como aquellos cristianos que rehuyen profesar su fe en público por miedo al "que dirán" o al simple hecho de ser ridiculizados.

 

3. Segundo tipo de inautenticidad brota del conformismo: cuando el cristiano, al margen de la propia opción por Cristo, se conforma con valores, actitudes y comportamientos del medio ambiente y de las pasiones. Podemos distinguir entre el conformismo de las costumbres y el conformismo de las ideas aunque en la realidad los dos se entremezclan. En el primer caso, tenemos las personas que siguen la moda: vestidos, comportamientos, coches, hábitos, etc. En el caso de un cristiano este conformismo puede darse en la adaptación a una conducta inspirada en modelos mundanos, en su comportamiento, en su manera de juzgar la realidad, etc.

El otro tipo de conformismo es todavía más insidioso. Se da entre jóvenes y adultos inmaduros. En el joven hay un afán de autoafirmarse; querría inventar todo de nuevo; quiere ser diferente, lo cual es muy bueno en sí. Ahora bien, el conformismo ocurre cuando este afán viene aprovechado por intereses y fuerzas ajenas al joven mismo. Se convierte así en un conformista ideológico de tipo político, social o simplemente en un rebelde.

 

Hay personas que no se entregan plenamente a lo que son y a lo que profesan. Por eso crean en sí mismos un vacío que tienen que llenar, puesto que carecen de una identidad; esto les conduce a adoptar papeles falsos o a buscar notoriedad de diversas maneras.

Habiendo visto ya qué es la autenticidad y cuáles son sus principales enemigos, podemos resumir todo lo dicho en esta frase "ser tú mismo y no una máscara".

 

El que de veras quiere formarse percibirá la necesidad de conocerse bien a sí mismo. No se puede comenzar a trabajar en forma alocada y ciega. Se requiere, para conseguirlo, un conocimiento del fin y de la base donde se parte. El fin está marcado por la identidad del cristiano maduro. El punto de partida y la base sobre la cual se ha de construir la personalidad madura son propios de cada uno y para llegar a conocerlos se requiere una seria labor de introspección. Entran en juego aquí los elementos de la conocida tríada: conócete, acéptate, supérate.

 

Para poder dar razón de nuestra fe y para vivirla con autenticidad necesitamos primero conocerla y estar convencidos de ella. Ciertamente nuestra fe es un don gratuito que hemos recibido de Dios, pero esto no significa que haya de ser irracional y ciega. Tenemos motivos para creer.

 

4. ¿Por qué es necesaria una formación en la fe sólida y profunda?

 

a) Nadie convence aquello que ignora.

Es un hecho que para que una realidad me convenza necesito primero conocerla. Sin conocimiento no hay convencimiento, y sin convencimiento no puedo desarrollar una vida de fe convencida y radiante. «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel» (Mt 13,44).

 

b) Nadie puede convencer si no está convencido.

Si es verdad, como acabamos de decir, que para vivir convencido de la propia fe y amarla, es necesario antes conocerla, también es verdad la otra cara de la moneda: sólo quien está convencido de su fe puede convencer y contagiar a los demás del entusiasmo por este tesoro. «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,14).

 

c) Se necesitan hermanos bien preparados.

«La mies es mucha y los trabajadores pocos» (Lc 10, 2). Estas palabras de Jesús también se refieren a la necesidad de laicos comprometidos. Por nuestra condición de bautizados y miembros de la Iglesia todos estamos llamados, cada uno en la medida y en el modo que el Señor le pida, a trabajar en la predicación del Evangelio.

La Comunidad necesita de hombres y de mujeres verdaderamente santos, convencidos de su fe, que sean capaces de dar testimonio valiente.

La Escuela de Evangelización es una buena alternativa.

 

5. La Coherencia y Discernimiento

¿Qué es?

Coherencia significa que se tiene “cohesión”, término que se usa en física para significar la unión que se realiza entre dos substancias. Coherencia significará, por lo tanto, la unión entre y entre. En el caso particular de los valores, podemos decir que somos coherentes cuando, al actuar, nuestra voluntad está de acuerdo con nuestro entendimiento; cuando nuestros actos están de acuerdo con nuestros principios; cuando nuestras palabras van de acuerdo con la verdad.

 

La coherencia de nuestros actos y de nuestras palabras está sobre todo en orden al testimonio ante los demás, pero acrecienta también la buena opinión que de nosotros mismos tenemos, porque la conciencia es la primera en echarnos en cara nuestras incoherencias.

 

a) ¡Cuánto daño ha hecho a la comunidad el mal testimonio de algunos hermanos!

El momento actual nos exige reforzar nuestra coherencia y actuar siempre conformes al Evangelio que predicamos.

 

En la vida podemos tener varias opciones, pero sólo cuando ponemos con claridad a Cristo como la primera opción, entendemos el sentido de la vida y podemos discernir las diferentes situaciones con que nos tenemos que enfrentar.

 

¿Qué criterios quedan cuando quitamos los criterios del evangelio que nacen de la experiencia personal de Cristo?

Pueden quedar los criterios derivados de modo diverso del egoísmo con todas sus implicaciones pero también con todo el vacío interior y el dolor inmenso que deja en el alma de cada uno y en el alma de los demás.

¿Quién puede decir que no es vencido en ocasiones por los defectos que tiene?

Cuántos males hay en el mundo a causa de los principios equivocados con que enfrentamos la vida… Qué difícil es enfrentar el matrimonio, la educación de los hijos, la vida de cada uno desde otros criterios diferentes a los criterios del evangelio. Muchas veces nos arrepentimos de lo que hablamos o lo que decimos. Preguntarnos si en nuestra vida comunitaria vamos o no siguiendo los criterios del Buen Pastor.

 

b) La parábola de la necesidad del discernimiento

Dos clases de profetas: Mt. 7,15-20

15. Tengan cuidado de los falsos profetas; se les acercan disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.

16. Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de las zarzas?
17. Del mismo modo, todo árbol bueno da frutos buenos, mientras que el árbol malo da frutos malos.

18. No puede un árbol bueno dar frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos.

19. Todo árbol que no da buen fruto se corta y echa al fuego.

20. Así que por sus frutos los conocerán.

 

c) Esta parábola nos invita a distinguir, a discernir.

Todos tenemos siempre la tentación de seguir el camino más fácil, o el más brillante, o el que parece darnos más satisfacción. En esta cultura en la que vivimos no podemos restarnos a ello. Estamos acostumbrados a demasiadas comodidades. Nos hacemos dependientes y creemos que no podemos vivir.

Sin embargo Cristo nos avisa con gran claridad sobre la necesidad de ir un poco más allá de lo inmediato, de atrevernos a preguntarnos por lo que quizá no se ve a simple vista.

 

Por ejemplo, en el cuento de los 3 chanchitos los 2 primeros prefieren cantar y bailar antes de construir la casa firme, y (en el cuento original), acaban siendo comidos por el lobo. El de la cigarra y la hormiga, el de la liebre y la tortuga, etc. Dentro de estos cuentos esta la sabiduría y la ética del ser humano. Podemos ser personas que vivan al día y no pensemos en el fruto del mañana. Si quiero uvas, no puedo sembrar espinas. Si quiero higos no puedo sembrar abrojos.

 

d) La vida es una y se vive una sola vez.

La vida no se puede jugar con superficialidad, no se puede gastar con inconsciencia. Si me equivoqué no hay botón de “reset”, de volver a comenzar. Los principios que elegimos para que rijan nuestra existencia son tan importantes, porque en ellos nos jugamos los frutos de nuestra misma existencia.


Jesús, a diferencia del mundo que nos rodea, y que nos invita a no preocuparnos en exceso por las decisiones que tomamos, nos propone la urgencia de fijarnos bien en nuestras elecciones, en el modo en que enfrentamos la vida, en los frutos que queremos obtener. Planear, predecir. Lo que elegimos para hacer, nos dará ciertos frutos. Si la semilla que elijo para plantar es de abrojos ¿Cómo me va a dar higos? Y esta en mí, hacer la elección de lo que planto.

 

Ciertamente que siempre puede parecer más sencillo el buscar el placer inmediato y presente, en contra de una visión de frutos para el futuro y para la trascendencia. La experiencia repetida una y otra vez es la misma, no podemos tomar a la ligera los frutos que queremos obtener de nuestra vida, y una existencia basada en la superficialidad, en lo inmediato, lleva a la frustración y a la muerte. Y esto no es filosofía abstracta.

Del árbol malo, frutos malos, del árbol bueno, frutos buenos.

 

e) La parábola de la necesidad de saber sobre qué (quién) se construye.

Dos tipos de discípulos: Mt 5, 21-29.

21. «No todo el que me dice: "Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que esta en los cielos.

22.  Muchos me dirán aquel día: "Señor, Señor, ¿No profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?"

23.  Pero yo les responderé: No los conozco. ¡Apártense de mí malvados!"

24. «El que escucha mis palabras y las ponga en práctica, es como aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca.

25. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y arremetieron contra la casa; pero no se derrumbo cayó, porque estaba cimentada sobre roca.

26.  Sin embargo, el que escucha mis palabras y no las pone en práctica, es como aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena.

27. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, se chocaron contra la casa. Y  su ruina fue grande».

28. Cuando Jesús termino este discurso, la gente quedo admirada de su enseñanza,

29. porque les enseñaba con autoridad, y no como los maestros de la ley.

 

6. ¿Sobre que construyo?

    ¿En que me baso para discernir?

Jesús avisa con claridad que no se puede ir por la vida de cualquier manera. Hay un modo de ir por la vida, el de quien busca la voluntad del Padre celestial. Esta voluntad no es algo ajeno al ser humano. Al contrario, constituye su esencia más interior, porque constituye la identidad con la que fue creado para ser feliz para siempre.

 

7. La voluntad de Dios no es ajena a la mía, es mi propia felicidad.

Por eso solo es feliz quien hace la voluntad de Dios. El ser humano puede creer que busca la felicidad, pero la realidad es la que dice si en efecto la está buscando y se constata en la medida en que la vida se construye o se derrumba delante de Dios.

 

Fui creado solo por que Dios quiere que sea feliz. “Solo entrará en el reino de los cielos el que quiera ser feliz, el que cumpla con la voluntad de mi Padre”.

Ciertamente que a nadie le toca juzgar más que a Dios, pero los principios sobre los que construimos la vida, van siendo lo que nos conducen a la felicidad o a la desgracia. Por eso el ser humano tiene que basarse sobre la roca de la que Jesús habla en su parábola. Esta roca es el mismo Cristo. El que hizo la casa sobre arena, no quería que se cayera, pero el hecho es que se cayó…Por tanto dirigir nuestra vida desde la experiencia de Cristo.

 

¿Cuáles son estos principios fundamentales para el ser humano?

a)      La decisión de Dios de hacer al ser humano a su imagen y semejanza

b)      El espíritu divino como inicio de la vida del ser humano. El aliento o soplo de Dios, el Espíritu Santo que es el amor.

 

El primer principio, el origen y el fin del ser humano es por lo tanto el amor. De ahí brotan todos los otros principios de la vida humana. El amor es principio esencial del ser humano y eje rector de todos los comportamientos y juicios que la persona hace sobre si misma y la realidad que la rodea. Nada puede ir en contra del amor, nada puede ir por encima del amor.

 

Pero ¿en qué consiste este amor?

El amor no es un sentimiento lleno de romanticismo, sino que el amor es la entrega real y cotidiana de la propia vida por el otro.

Este es el ejemplo que el mismo Cristo nos da al definirnos con su existencia la esencia del amor. El amor que brota de Cristo es la roca de todos nuestros principios y el principio de nuestra felicidad. Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único…
Ser hombre de principios es por lo tanto y por encima de todo, ser una persona que ama y que ilumina todas las realidades de su existencia desde el amor al estilo de Cristo.

 

8. El AMOR se hace COMPROMISO

“Qué tengo yo que mi amistad procuras. Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de nieve pasas las noches del invierno obscuras.

¡OH cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí!”.


Dios ha querido hacerse hombre para ver si era capaz de conmovernos el corazón y así poder entrar en nuestra vida. Cristo toca el corazón de todos los hombres para que seamos capaces de abrirle, seamos capaces de escucharle, seamos capaces de amarle. Pero Cristo sólo entra en nuestra vida cuando nosotros se lo permitimos.

Jesús en Belén es una llamada de Dios para que nuestro corazón sea capaz de abrirse a Él, es una invitación de Dios al amor. Jesucristo en el pesebre no sólo nos invita a amar, también nos invita a comprometernos, porque cuando el ser humano ve a Dios hecho Hombre en una cuna, no puede dejar de hacerlo. Es tanto lo que Dios me ha amado, que ha querido llegar hasta el extremo de ser Él mismo objeto de compasión, de misericordia.


Ésta es la forma con la cual Dios llama a la puerta de cada ser humano.

De manera que, sin coartar la propia libertad, al mismo tiempo pueda sacar de ella el amor que transforma. Porque solamente cuando el hombre es capaz de amar profunda y auténticamente a Dios, es capaz también de amar profunda y auténticamente a sus semejantes. Cuando un hombre no es capaz de amar a Dios, qué difícil es que sea capaz de amar a otro hombre. Si no soy capaz de sentir compasión de Dios que por mí se hace Hombre, ¿voy a poder sentirla por un hombre como yo?

 

Si fuéramos capaces de romper con el egoísmo, al mismo tiempo romperíamos con muchas de nuestras opresiones internas, porque como dice el Papa Juan Pablo II: “El hombre no puede vivir sin amor”.

El amor es un compromiso serio, claro y exigente. Por eso cada vez que eludo el compromiso, eludo el amor. Cuando no me comprometo, en el fondo, es que en mí hay egoísmo. Estas palabras pueden sonar muy fuertes, pero nos tiene que animar la certeza de que el hombre es la única creatura capaz de rescatar cualquier situación de su vida. No hay ninguna situación que no sea rescatable cuando en la persona humana hay esa voluntad, ese deseo.


El amor es, necesariamente, compromiso. Por eso Dios se compromete en su Hijo, se nos da en su Hijo, Dios se encarna en su Hijo. Porque el amor de Dios es compromiso, el nuestro también tiene que serlo. En primer lugar, compromiso con Dios; en segundo lugar, compromiso con los demás; y en tercer lugar, compromiso con nosotros mismos.

 

No hay que olvidar que el compromiso auténtico tiene dos características: sinceridad y exigencia. Sólo cuando la persona es sincera y exigente con ella misma, es auténticamente comprometida, auténticamente amante y auténticamente libre. De esta misma manera, la verdadera Navidad es la que compromete, la que transforma, la que consume. Si queremos sanar nuestro corazón y los corazones de los que nos rodean tenemos que asumir un compromiso como el de Dios: serio, claro y fuerte. No nos queda otro camino más que el compromiso auténtico, sincero y exigente.


Lograrlo no es fácil, porque todos somos conscientes de que aunque nos digan las cosas, no las hacemos; aunque sepamos cómo llevarlas acabo, sólo hacemos aquellas que nos gustan. Sin embargo, en la medida que estemos dispuestos a hacer objeto de nuestro amor el compromiso, nuestro amor será auténtico, porque estaremos haciendo que nuestra vida se consuma dando luz.

 

Lc 15, 4.

¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las 99 en el desierto

y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra?

 

Salamanca, 19 de Octubre del 2008.

Familia Comunión de AMOR y VIDA

Familia Comunión de AMOR y VIDA

Familia: Comunión de Amor y de Vida

 

El bien mas anhelado de las familias, mas que el pan cotidiano,  la casa, el trabajo, la salud, el éxito, es el del buen acuerdo, del buen entendimiento, de la reciproca serenidad. La Familia esta llamada a ser una Comunidad de Amor y de Vida, en la cual las diversidades deben concurrir a formar una: Comunión de Amor y de Vida.

 

Objetivo:

Animar a los esposos y padres cristianos que nos exijamos obediencia a la fe, ya que somos llamados a acoger la Palabra del Señor quién nos revela la Buena Nueva de su vida conyugal y familiar. En efecto, solamente mediante la fe podremos descubrir y admirar con gozosa gratitud a que dignidad ha elevado Dios nuestro matrimonio.

 

 

Introducción

En la actualidad vemos que se pretende desconocer la familia fundada en el matrimonio y poner en duda este gran bien de la sociedad.  

Frente a estas realidades como el divorcio, la manipulación de los embriones, el problema de la píldora abortiva, la legalización del aborto, la infidelidad, la desorganización familiar, la homosexualidad, nos hemos quedado sumisos a tan violenta agresión de parte de sectores de la sociedad moderna.

Por esta razón queremos poner énfasis en las enseñanzas básicas que, sobre el matrimonio, nos da el Magisterio de la Iglesia, para que cada  familia diga ¡Familia, sé lo que eres y cree en lo que eres.

 

Familia: Comunión de Amor:

La Familia, fundada sobre el matrimonio, nos dice el Santo Padre en Familiares Consortio, es comunidad de vida y de amor conyugal, es felicidad sin  reserva, el hombre y la mujer se dan el uno del otro y se aman con un amor abierto a la vida.
 

La familia no es producto de una cultura, el resultado de una evolución, un modo de vida comunitaria atado a una cierta organización social. Es una institución natural, anterior a toda organización política o jurídica. Tiene su consistencia en una verdad que ella no produjo, pero que viene de Dios, que es voluntad de Dios, su fuerza, su consistencia.

El Plan de Dios no puede ser marginado. Está arraigado en la familia, en el misterio divino, hecho del que no hay que dudar o de imaginar otros “modelos de familia”.
La Familia cristiana testimonia sus energías, su vitalidad y su esperanza. Ella es como la luz que “brilla en los ojos de los hombres” según la imagen del evangelio ( Mt.5,14.16 ).

  

Familia: Formadora de Personas:

El matrimonio se configura como comunión de personas que se abre a una comunión más amplia: la comunión familiar, entre todos los miembros de la familia.
 

La familia aparece como el lugar del don de la persona. Esta corresponde a la vocación profunda del hombre y la mujer, porque estos no pueden realizarse sino por la donación sincera de si mismo.

En efecto a la luz del misterio de Cristo, la familia se constituye en el símbolo humano del amor de Cristo y de la Iglesia (Ef 5,32). Esta donación de la persona a la persona, repercute y se realiza en la donación a la persona del niño.

 

Familia: Servidora de la Vida

Como iglesia doméstica, la familia está llamada a anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la vida. Es una tarea que corresponde principalmente a los esposos, llamados a transmitir la vida, siendo cada vez más conscientes del significado de la procreación, como acontecimiento privilegiado en el cual se manifiesta que la vida humana es un don recibido para ser a su vez dado.


La familia asume una visión renovada de la sexualidad en el cuadro de la comunión, cuerpo y alma de los cónyuges. Por esta razón el S.S. Juan Pablo II subraya que la contraconcepción (evitar la concepción) es anticonyugal y bendice la relación del amor verdadero entre los esposos. El niño no es objeto de derecho, menos aún un objeto de posesión.

 
Debemos entender el trabajo médico sobre los períodos de fertilidad y sobre el ritmo biológico de la mujer progresa, reconociendo más el valor científico de los métodos naturales. Pues estos métodos constituyen una pedagogía para un amor respetuoso de la especificidad femenina; llaman a un verdadero diálogo de la pareja. Estos métodos son muy precisos, cuando justas y graves razones demandan el espaciamiento de los nacimientos.

 

La Mujer y la Vida

La familia debe estar abierta a la vida. Esta misión atañe especialmente a la mujer, quien no puede olvidar su papel en la familia o tomar a la ligera el hecho de que toda vida nueva está confiada totalmente a la protección y al cuidado de ella. 
 

La mujer está llamada a ofrecer lo mejor de si al niño que crece dentro de ella. Su misión materna es también fundamento de una responsabilidad particular. La madre está puesta como protectora de la vida. A ella le corresponde acogerla con solicitud, favoreciendo ese primer diálogo del ser humano con el mundo, que se realiza precisamente en la simbiosis con el cuerpo materno. Aquí es donde comienza la historia de todo hombre.

La familia debe entender este orden natural, es necesario oponerse a la falsa concepción según la cual el papel de la maternidad es opresivo para la mujer y que, un compromiso con su familia, particularmente con sus hijos, le impide influir en la sociedad. Así se perjudica no sólo a los hijos sino también a la mujer e incluso a la sociedad.
Por eso es importante reconocer, aplaudir y apoyar la presencia de la madre en la familia, tan importante para la estabilidad y el crecimiento de esta unidad básica de la sociedad.  

 

La familia y el ciudadano del mañana

La familia, tal cual es, no es una realidad cerrada sobre si misma, ni un jardín secreto reservado a la vida privada. Ella forma a los ciudadanos del mañana, comunica a estos valores humanos capitales para la vida de una nación, introduce  sus niños en la sociedad, por ello, la familia juega un rol esencial.

La familia es patrimonio común de la humanidad. Como dice ya el Concilio Vaticano II, ella constituye “célula primera y vital de la sociedad”. Esta verdad sobre la familia no es solamente un patrimonio de los creyentes, constituye una riqueza para toda la humanidad. La razón natural, además de la Revelación Divina contienen esta verdad.
 

El futuro de la humanidad se le reconoce, hoy, a la familia. La iglesia no considera  esta lucha por los derechos de la familia en la sociedad como dominio privado. Pero ella se está empeñando en esta lucha. Ha tomado sus responsabilidades frente a la humanidad.

 

Preguntas para el diálogo entre los esposos:

  1. ¿La oración en familia refuerza la solidez espiritual y ayuda a que esta sea participe de la fuerza de Dios?  ¿Por qué?
  2. ¿La familia está considerada en un papel secundario excluyéndola del lugar que le compete en la sociedad? ¿Por qué?

Para el amor

La reflexión sobre el amor nunca terminará. Hacer esta reflexión nos ayuda además, a enriquecer cada día su vivencia. Es un largo caminar. Un misterio que está en la raíz de nuestro ser, que hace apasionante nuestro existir. Es que bajo el término amor se llegan a decir tantas cosas que debemos saber muy bien que no todo lo que llaman amor, es amor. Y tener muy claro que:

  • Una cosa es querer, y otra muy distinta amar.
  • Del amor al odio no hay un paso, sino un abismo.
  • El que ama da, más de lo que espera.
  • El amor nunca muere, o no es amor.
  • Sólo el amor le da sentido a todas las cosas.

El amor conyugal tiene sus rostros que nos lo definen:

  • Aceptar al otro tal y como es.- Asumir al otro en todo su ser  y potencialidad.
  • Darse.- Don de sí mismo al otro por la palabra que los comunica, el encuentro sexual que los une en exclusividad y la respuesta a la atención prestada al otro.
  • Acogerse.- Recibir, guardar, saborear al otro.
  • Gratitud.- Por la dicha de haber sido el recipiente del don.
  • Comunión.- Es la presencia del Espíritu en el que todos somos uno.

Y "Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó". Hombre y mujer por su creación son de la misma naturaleza; pero sus modalidades son distintas aunque complementarias, que al unirse la pareja hacen que formen un solo ser.

 

Para la felicidad

“Creados a la vez, el hombre y la mujer son queridos por Dios el uno para el otro. ...no que Dios los haya hecho ‘a medias’ e ‘incompletos’; los ha creado para una comunión de personas, en la que cada uno puede ser ‘ayuda’ para el otro porque son a la vez iguales en cuanto personas y complementarios en cuanto masculino y femenino. En el matrimonio, Dios los une”. Dios creó al hombre para la felicidad, “no es bueno que el hombre esté sólo. Voy a hacerle una ayuda adecuada”. Nada como su semejante para ayudarle a vivir este plan de dicha que Dios trazó a la humanidad. Y en la grandeza de este misterio, la mujer y el hombre, como esposos y padres, cooperan de una manera única en la obra del Creador, al trasmitir a sus descendientes la vida humana. Toda una responsabilidad frente al mundo, y que Dios le quiso confiar al ser humano.

 

Para la santidad

La santidad no es una opción, sino el camino querido por voluntad expresa del Señor, como lo dice San Pablo: “la voluntad de Dios es que se hagan santos...”. La santidad es una meta a la que se debe tratar de llegar con todo nuestro esfuerzo y cooperación, es una obligación precisa para alcanzar la plenitud. El querer ser santo nace de nuestro ser cristiano.

Este camino de santidad que todos estamos invitados a recorrer, es el único que verdaderamente conduce hacia nuestra plena realización personal. Santidad y realización personal se identifican. La vocación a ser santos es nuestra misma vocación a ser persona humana abierta al encuentro con Dios.

El ser humano está sellado en lo más hondo de su persona por una intensa necesidad de infinito, de trascendencia plena, porque hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios para abrirnos desde nuestra libertad al encuentro con Dios Amor y de igual manera a los demás hombres.

 

El amor conyugal y el amor de Dios, no se excluyen sino que se conjugan, y todas las exigencias de la vida cristiana pueden ser vividas en pareja. Este es el gran descubrimiento de la espiritualidad conyugal. Los cristianos casados también estamos llamados a la santidad. Para nosotros, no es una simple llamada individual, sino un camino a recorrer juntos. El sacramento del matrimonio es nuestra forma de ser cristianos, nuestra opción vital en una ofrenda. Es la llamada peculiar a vivir la santidad.

La santidad en el matrimonio consiste en aprender a vivir en esa actitud de para ti en vez de para mí. La pareja cristiana que conoce el estado de gracia conyugal, que se alimenta de la Palabra de Dios y del Pan de Vida, participa realmente en la vida eucarística. Hace de toda su vida una hostia santa. Marido y mujer son signo, sacramento del amor de Dios, el uno para el otro, y los dos juntos para sus hijos y para el mundo.

 

Un matrimonio feliz no es aquel que ha logrado superar las dificultades que se les ha presentado y que se encuentran maduras para vadear los conflictos que le vendrán. Es necesario haber creado un sentido de trascendencia, saber que más allá hay un destino eterno, pero que aquí y ahora se cultiva.

No nacemos santos. Nos hacemos santos. El hogar debe ser el molde para esa santidad. Por eso, los esposos han de buscar la santidad; pero esa búsqueda no se agota en el logro de su propia perfección, sino que se propaga, o debería propagarse, en los hijos y todos aquellos que están al entorno.

 

Vivir en comunión

Que está mucho más allá del hecho de estar juntos. Es, además, la unión verdadera puesto que se pone en común todo. Y vivir en comunión es en definitiva el verdadero sentido de unión para toda la vida con todas las condiciones y situaciones, en las buenas y en las malas.

Es lo que determina el hacer una sola carne, donde ambos se pertenecen, se entregan, se encuentran. Pero, “la comunión es un don” por eso, en la comunión se recrea la imagen de Dios.

 

Salamanca, 24 de Marzo del 2009.

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En FAMILIA

En FAMILIA

EL AMOR EN FAMILIA  

Eclco 48, 11. 

Formar a nuestros hijos en la afectividad es ayudarlos a desarrollar su capacidad de amar. El amor se transmite principalmente en la familia.  

LA FAMILIA

"La familia es una íntima comunidad de vida y amor" cuya misión es "custodiar, revelar y comunicar el amor" con cuatro cometidos generales (Familiaris Consortio):        

  •  Formación de una comunidad de personas
  • Servicio a la vida
  • Participación en el desarrollo de la sociedad
  • Participación en la vida y misión de la iglesia      

Aprender a Amar

La capacidad de amar es resultado del desarrollo afectivo del ser humano durante los primeros años de su vida. El desarrollo afectivo es un proceso continuo y secuencial, desde la infancia hasta la edad adulta. La madurez afectiva es un largo proceso por el que el ser humano se prepara para la comunicación íntima y personal con sus semejantes como un Yo único e irrepetible; y que debe desencadenarse al primer contacto del niño con el adulto perpetuándose a lo largo de su existencia. A pesar de que el hombre fue creado por Dios con una capacidad innata para amar, el crecimiento y la vivencia del amor se realiza a través de la experiencia que el hombre va adquiriendo a lo largo de toda su vida. En el contexto individual de cada persona, esta experiencia se ubica en su familia. En la familia es donde se hace posible el amor, el amor sin condiciones; los padres que inician la familia con una promesa de amor quieren a sus hijos porque son sus hijos, no en razón de sus cualidades.

"La familia es un centro de intimidad y apertura".      

Es en el seno familiar donde cultivamos lo humano del hombre, que es él enseñarlo a pensar, a profundizar, a reflexionar. Es en el ámbito de la familia donde el hombre aprende el cultivo de las virtudes, el respeto que es el guardián del amor, la honradez, la generosidad, la responsabilidad, el amor al trabajo, la gratitud, etc. La familia nos invita a ser creativos en el cultivo de la inteligencia, la voluntad y el corazón, para poder contribuir y abrirnos a la sociedad preparados e íntegros. El amor de la familia debe trasmitirse a la sociedad. La familia es el primer ambiente vital que encuentra el hombre al venir a este mundo y su experiencia es decisiva para siempre. "La familia, dice Juan Pablo II, es la primera y más importante escuela de amor". "La grandeza y la responsabilidad de la familia están en ser la primera comunidad de vida y amor, el primer ambiente en donde el hombre puede aprender a amar y a sentirse amado, no sólo por otras personas, sino también y ante todo por Dios". Todo se relaciona con el misterio del Padre que nos ha creado por amor y para que amemos. Nos ha hecho a su imagen y semejanza, todos somos hijos suyos iguales en dignidad. Para revelarnos su paternidad de amor "nos hace nacer del amor" de un hombre y de una mujer e instituye la familia; ella es el lugar del amor y de la vida, o dicho de una mejor manera: "el lugar donde el amor engendra la vida".      

Amor conyugal, modelo de amor para los hijos.

"La familia es la primera y fundamental escuela de sociabilidad, como comunidad de amor encuentra en el don de sí misma la ley que le rige y le hace crecer. El don de sí que inspira el amor mutuo de los esposos, se pone como modelo y norma del don de sí que debe haber en las relaciones entre hermanos y hermanas y entre las diversas generaciones que conviven en la familia. La comunión y la participación vivida cotidianamente en la casa, en los momentos de alegría y de dificultad representan la pedagogía más concreta y eficaz para la inserción activa, responsable y fecunda de los hijos en el horizonte más amplio de la sociedad" (Familiaris Consortio 

Alguien dijo que "se puede procrear fuera de la familia, pero sólo en familia se puede educar", y educar para amar sólo se puede en el ámbito de la familia: amando. El ejemplo es el mejor método para educar; hay una frase que dice "Lo que eres habla tan fuerte, que no oigo lo que me dices". Qué nos ganamos con decir, o pretender demostrar, amor a nuestros hijos, lo que importa es lo que ellos ven en la forma como tratamos a nuestro cónyuge. Tenemos que entender claramente que no hay nada que eduque más y mejor a los hijos que el ejemplo de amor que ven en sus padres como pareja. Para realmente poder amar a nuestros hijos tenemos primero que amar a nuestro cónyuge.      

El amor, factor de desarrollo de los hijos

El otro aspecto fundamental de la influencia del amor, dentro de la familia lo encontramos en el desarrollo de la persona, más particularmente, de los hijos. Cada familia, aun sin pretenderlo crea un ambiente (de amor o de despego y egoísmo, de rigidez o de ternura, de orden o de anarquía, de trabajo o de pereza, de ostentación o de sencillez, etc.) que influye en todos sus miembros, pero especialmente en los niños y en los más jóvenes.      

CONOCER.

Amar es buscar el bien integral del otro. El que ama y sólo el que ama, conoce bien a la persona amada, porque la conoce no sólo como aparece sino como es por dentro, y más aún conoce "su posible", aquello que puede y "debe" llegar a ser. Como dice Paul Valéry "lo que es más verdadero de un individuo, lo más de él mismo, es su posible, lo que puede llegar a ser". Partiendo del hecho de que el hombre "es un ser en proceso" pensemos que es en la familia donde más va a avanzar dentro de este proceso. Así podremos valorar la trascendencia de nuestro amor a los hijos. Nuestro amor será responsable de que ellos alcancen la estatura que deben llegar a tener, en todos los aspectos de su persona. El que ama no sólo conoce lo que la persona amada puede llegar a ser, sino que "le ayuda a ello", le ayuda a que desarrolle todas las potencialidades que tiene y que muchas veces ignora, le ayuda a que sea lo que puede llegar a ser.      

CONFIAR

La psicología afirma que el afecto estimula el aprendizaje y desarrolla la inteligencia gracias a la sensación de seguridad y confianza que otorga y que se desarrolla lentamente a través de la infancia, la niñez y la adolescencia. La persona humana que está siempre en proceso de irse haciendo, es un ser con cierta dosis de inseguridad. El que se siente amado experimenta dentro de sí una fuerza que incrementa su seguridad.       Sentir la confianza de las personas queridas es, no sólo de gran ayuda, sino en muchas ocasiones "vital". Confiar no significa hacerse de la vista gorda, consentir, ceder. Confiar significa creer en la persona a pesar de que los hechos estén en su contra.      

Confiar en alguien implica ser paciente, saber esperar.

¿Cómo podemos infundir confianza en nuestros hijos? Ayudándoles a que descubran sus cualidades, limitaciones y defectos. Ayudándoles a que desarrollen cualidades, animándoles y aplaudiendo sus logros por pequeños que sean, ayudándoles a que descubran a dónde pueden llevarles sus inclinaciones si no las dominan y sobre todo, haciéndoles sentir nuestro cariño. Para esto necesitamos no sólo paciencia, sino también tiempo. Lo contrario de la confianza es descargar sobre nuestros hijos nuestro coraje e impaciencia, echar en cara sus torpezas, fallas y malas acciones, sin transmitirles la seguridad que tenemos de que pueden cambiar. El decirles "eres malo" en lugar de "lo que hiciste" es una acción mala.      

EXIGIR.

Exigir es un ingrediente esencial del amor. Sólo quién en nombre del amor sabe ser exigente consigo mismo puede exigir por amor a los demás; porque el amor es exigente. Lo es en cada situación humana. El amor, al que San Pablo dedicó un himno en la Carta a los Corintios, es ciertamente exigente "amor paciente, servicial, comprensivo...". Amar a los hijos no significa evitarles todo sufrimiento. Amar es buscar el bien para el ser amado en última instancia y no la complacencia momentánea. Es posible que algunas veces por amor a un hijo le generemos una frustración momentánea que en realidad lo prepara para un bien más grande.         

El amor necesita disciplina.

Citamos a Ignace Lepp, en su libro Psicoanálisis del amor nos dice: "El amor auténtico es el más eficaz creador y promotor de la existencia. Si tantas personas - bien o mejor dotadas - siguen siendo tan mediocres, se debe a menudo, a que nunca han sido amadas con un amor tierno y exigente"      

Trascendencia del amor

El amor auténtico vivido en la familia debe alcanzar a la sociedad, la familia debe salir de sí misma y compartir esta vivencia profunda del amor entre ellos que es un reflejo del amor de Dios Padre. Los Apóstoles comprendieron que el matrimonio y la familia es una verdadera vocación que proviene de Dios, un apostolado, el apostolado de los laicos. Estos ayudan a la transformación de la tierra y a la renovación del mundo, de la creación y de toda la humanidad. A este respecto el Papa Juan Pablo II en la Carta a las Familias nos dice: "Queridas Familias: vosotras debéis ser también valientes, dispuestas siempre a ser testimonio de la esperanza que tenéis por que ha sido depositada en vuestro corazón por el Buen Pastor mediante el Evangelio. Debéis estar dispuestas a seguir a Cristo hacia aquellos pastos que dan la vida y que Él mismo ha preparado con el misterio pascual de su muerte y resurrección."      

El amor en la familia tiene dos cometidos fundamentales:  

1.     Enseñar el amor, aprender a amar. Revelar, custodiar y comunicar el amor, y proyectarlo a la sociedad.

2.     Ayudar a cada uno de sus miembros, especialmente a los hijos, a que desarrollen todas sus potencialidades, que lleguen lo más cerca posible, ha lo que deben llegar a ser, que alcancen la vocación a la que han sido llamados por su Creador.  

Feceva – CIAME

Diciembre, 15 del 2003.            

ARMONIA MATRIMONIAL

ARMONIA  MATRIMONIAL
Los casados deberían examinarse con humildad y lealtad para ver si deben corregirse de algún defecto que obstaculice la armonía matrimonial. Rara vez la culpa será de uno solo. Un silencio cariñoso, el saber ceder con prudencia, el explicarse con calma, el olvidar cristianamente, etc., ayudan a pasar por encima de muchas dificultades. Los pequeños disgustos, al prolongarse, pueden terminar en algo grave. Lo mejor es acabar con ellos cuanto antes, con un poco de humor, espíritu de conciliación y capacidad de olvido. Al cabo del tiempo puede que un día aparezca la decepción del cónyuge. En esos momentos es muy importante la comunicación mutua. Quizás preguntarle: ¿En qué te he decepcionado?.  El amor, como las plantas, hay que regarlo para que florezca. Si no lo cuidas, terminará por secarse. 
Conviene no olvidar que el hombre es muy distinto de la mujer.
El hombre y la mujer son iguales ante la ley por tener la misma dignidad personal, pero son distintos corporal y psíquicamente, para poder complementarse.El matrimonio no es un contrato de servicios sino una comunidad de vida y amor, como dice el Concilio Vaticano II. La huida de todo sacrificio quita al amor el sello de su autenticidad. Cuando vaya pasando el tiempo de tu matrimonio, encontrarás en tu cónyuge defectos de carácter que no advertiste en el noviazgo. No se los eches en cara de una manera desagradable. Eso sería contraproducente. Tampoco los consideres como de gran importancia. Es preferible que atiendas las virtudes que te movieron a elegir esa persona para unirte en matrimonio, y que sirven de contrapeso. En este mundo nadie es perfecto, y hemos de resignarnos a sobrellevar los defectos de nuestros prójimos. Procura portarte como si fuera tal como tú deseas. Esto le ayudará a que llegue, a la larga, a ser como tú deseas.Durante el noviazgo sólo se ven las buenas cualidades de la persona a quien se ama. Con los defectos hay mucha indulgencia. En cambio de casados ocurre al contrario: hay cierta tendencia a olvidar las buenas cualidades y a aumentar los defectos.


El orgullo desempeña un papel muy importante en las disputas matrimoniales. El remedio es la humildad, reconocer los errores y dar explicaciones aprovechando un rato de calma. Y si se domina el buen humor es un modo magnífico de terminar muchas disputas. Las dificultades conyugales son menos graves de lo que parecen, y pueden superarse con buena voluntad.
Supongamos dos esposos que después de algunos años de convivencia se encuentran en plena discordia, pero de tal modo exasperados y furiosos que quieren separarse lo antes posible y a costa de lo que sea. Al principio estaban muy contentos, se consideraban felices; ahora, en cambio, maldicen el día en que se casaron. ¿Cómo ha sido eso? Los dos tienen defectos, pasiones, errores, pero, quién no los tiene? Cuántos tienen los mismos defectos que ellos, o acaso más, y sin embargo viven en paz! ¿Qué es lo que les ha conducido a la infidelidad y a la ruina?

El esposo, algún tiempo después del matrimonio, ha comenzado a darse cuenta de las lagunas y defectos de su esposa, y esto le ha disgustado y le ha irritado. Bondadosamente, le ha hecho notar estas cosas, pensando que su mujer se enmendaría pronto de sus defectos. Le parecía tan sencillo y tan fácil! Pero ella no se ha corregido... Entonces la atención del marido se ha centrado más y más sobre las faltas y errores de ella, con lo que su desagrado, y luego su mal humor, han ido en aumento. Parecíale que ella no tenía buena voluntad y no le amaba, pues nada cambiaba su conducta, ni su modo de hacer; lo cual cada vez le disgustaba, irritaba y hería más vivamente.

Pero también el marido tenía lagunas, defectos, errores; y la mujer en ese mismo tiempo ha fijado su atención en ellos, y se ha desarrollado en su alma un drama igual al que se producía en el ánimo del marido. Pensaba que él pretendía mucho de ella y no se preocupaba de cambiar ciertas maneras suyas que la ofendían y amargaban. Hubiera costado tan poco!... Y así llegaron a donde llegaron.
Algún juez imparcial dirá inmediatamente que la conducta de los dos ha sido estúpida, y ambos han sido los autores de su desdicha. Si cada uno de ellos, en lugar de atender a los defectos y agravios del otro, en lugar de emperrarse en la pretensión de que el otro se corrigiera, hubiese observado sus propios defectos y se hubiera esforzado en quitar de sí lo que disgustaba al otro, habrían vivido en paz y la buena armonía se habría consolidado cada vez más. Ésta era la única conducta práctica razonable; era también la única cosa que cada uno podría hacer, ya que no tenía ningún poder sobre la voluntad del otro. Pero no han hecho lo que podían; han pretendido cada uno que fuese el otro el que lo hiciese, y así han llegado a ser desgraciados.
En este proceso de mutua "domesticación" que tiene que sufrir todo matrimonio, es esencial, por una parte, la constancia y, por otra, la mutua delicadeza. Nada de impaciencia con los defectos del otro; mucho tacto y, sobre todo, no restregárselo con dureza, ironías o ridículos.
Las moscas no se cazan con vinagre. Tampoco tratéis de rehacer el otro a vuestra imagen y semejanza. Por parte de cada uno de vosotros, el esfuerzo debe ser contrario: no tratar tanto de rehacer al otro, cuanto de adaptarme al otro.
La mayor parte de los conflictos en el matrimonio son causados por falta de mutua adaptación. Para que el matrimonio progrese los dos deben remar en la misma dirección. Si cada uno rema en sentido contrario, la barca girará sobre sí misma. Quien no esté dispuesto a adaptarse al otro, más vale que no se case. Sin esfuerzo de mutua adaptación, el matrimonio no hay quien lo aguante. El continuo choque de opiniones, deseos, planes, gustos, etc., convierte al matrimonio en un infierno.Es posible que no coincidáis en gustos, planes, deseos, etc. Pero si quieres a la persona, de buena gana aceptarás lo que ella prefiera. Cuando los dos quieren dominar, el choque es inevitable.

Cuando los dos quieren adaptarse, la armonía es maravillosa. El Dr. Vallejo-Nájera dijo por Televisión Española que la raíz de muchos matrimonios desgraciados es porque esperan demasiado del otro y quedan defraudados.Exigir del otro que se adapte, que procure mejorar su personalidad, querer que luche contra sus defectos y consolide sus cualidades, bien está. Pero exigir que eso se realice enseguida, y que la transformación sea inmediata, sería nefasto. Se obligaría entonces al cónyuge a contentarse con cambiar las apariencias, se le conduciría a adoptar unas actitudes que serían forzosamente superficiales; el resultado no tardaría en manifestarse con un retorno a las costumbres antiguas y un mutuo desengaño. Si hay algo que debe evitarse es eso.
Más vale proceder gradualmente, contar con el tiempo y obtener resultados ciertos. Esta paciencia será sin discusión, una de las formas superiores del amor y un testimonio irrecusable de desinterés. Saber esperar a que el cónyuge logre superar sus defectos, animándole sin hostigarle, ayudándole sin desquiciarle, éste es uno de los primeros pasos en el camino del acuerdo de las personalidades. Este acuerdo se efectuará con tanta mayor seguridad cuanto con más calma se proceda. Excitarse no servirá de nada; lo más que se conseguirá es exasperarse uno mismo y exasperar al otro. En tal ambiente, el acuerdo, en vez de progresar, retrocedería multiplicando los roces y exacerbando los choques. Todo esto no quiere decir que se encierre uno en la pasividad esperando que el cónyuge se decida de una vez, a realizar un esfuerzo para adaptarse, sino que significa que al exigir de él unas manifestaciones de buena voluntad, se impondrá uno a sí mismo una paciencia a toda prueba, respetando el curso del tiempo y contando con la lentitud normal de toda evolución humana.
Saber repetir una corrección. Repetirla sin dejar traslucir que está uno harto y a punto de estallar. Repetirla, por el contrario, con incansable afabilidad, con una pizca de buen humor, pero nunca fuera de tiempo.Domeñar esta impaciencia, esta precipitación, e imponerse contar con el tiempo.Esperar que poco a poco se efectúe la evolución requerida.El tiempo destruye siempre lo que se hace sin él.


En toda observación evitar las palabras agrias; en toda crítica, evitar las palabras ultrajantes; en todo reproche, evitar la aspereza; tales son las condiciones que se requieren previamente para el acuerdo conyugal. Éste no puede realizarse más que en un clima en que el afán de comprensión recíproca sea evidente. Este ambiente se creará si de una parte y de otra se emplea la destreza necesaria para hablarse con provecho. La preocupación por proceder con tacto conducirá a no hablar nunca bajo el efecto de la emoción violenta que acompaña habitualmente a la primera reacción. Le sucede a nuestro espíritu lo que al agua: cuando ésta se enturbia ya no se puede ver nada en ella; hay que dejarla reposar para que recobre su limpidez.
La crítica mutua en el matrimonio es buena y ayuda a mejorar. Pero debe ser una crítica que nace del amor y se hace con amor. No una crítica-reproche que molesta al otro. Éstas son inútiles y perjudiciales, porque deterioran la convivencia. Una crítica que es un desahogo de la agresividad, produce agresividad en el otro. La finalidad de la crítica debe ser ayudar al otro a ser mejor. Por eso, no pedir imposibles; ni hablar con vaguedades que no concretan lo que debe cambiar; ni en plan exigente, sino sugiriendo. Y en el momento oportuno. Una crítica a destiempo es perjudicial, o, por lo menos, inútil.

Es necesario, a todo precio, vencer el mal humor y, para conseguirlo, cultivar el arte del perdón recíproco. Que no se tema ir demasiado lejos en este sentido, porque si es peligroso perdonar demasiado, mucho más peligroso es no perdonar lo suficiente. De tener que elegir entre los dos excesos habría que optar sin titubeo por el primero; porque un exceso de bondad sólo pude servir al amor, mientras que, por el contrario, éste no podría sobrevivir a una negativa del perdón. En la vida conyugal es donde tiene más aplicación la respuesta de Cristo: hay que perdonar setenta veces siete. Es decir, siempre! Solamente en la medida en que el uno y el otro hagan de esta ley cristiana norma de su vida cotidiana florecerá la comprensión en la vida común. Cualquier otra orientación sólo puede acarrear endurecimientos y choques que acabarán por destruir la felicidad.
Para que la vida en común sea bella, para que sea armoniosa y reine en ella la alegría, para que el amor sea fácil, es preciso que marido y mujer se traten con toda caridad, concediéndose recíprocamente un perdón renovado sin cesar.
Cuando tengas que reprender a tu cónyuge, no lo hagas con reproches duros, que suelen motivar reacciones violentas. Es preferible una suave sugerencia que facilite la disculpa, el acuerdo, la avenencia. Con mucha frecuencia en el origen del enojo está el orgullo. Algunas torpezas inconscientes y repetidas traen como consecuencia que la mujer ofendida se refugie en una protesta silenciosa. Se encierra en sí misma, negándose a avanzar por el camino de la comprensión. No admite el perdón.
Pensando que ha iniciado ella demasiadas veces los pasos de la reconciliación, se repliega ahora a la defensiva y manifiesta su protesta con una terquedad irreductible.

No posee ella, sin embargo, el monopolio del malhumor. Hay que reconocer que el hombre, a su vez, lo utiliza con frecuencia, impulsado también por el orgullo. En él también, puede triunfar la fobia a dar el primer paso. Ésa es la manera mejor de hacer la vida común insostenible. El triunfo de la terquedad, del orgullo, y malhumor, actúa sobre el amor como un cáncer. Muchos de los fracasos matrimoniales se deben a la falta de comunicación. Porque la mujer no encuentra en el marido atención a lo que ella necesita comunicar.
Muy cercana al malhumor está la taciturnidad. Es un estado de espíritu en el cual no se encuentra nada que decir. Este defecto es, la mayoría de las veces, patrimonio del hombre. Aun no siendo siempre consecuencias de mala voluntad, no por ello debe dejar de ser corregido. Hay maridos que no comprenden que imponen así a su mujer un verdadero suplicio. A lo largo de todo el día, ella no tiene nadie con quien hablar. Cuando llega el marido, siente una necesidad muy comprensible de comunicarse con él. Pero éste cansado y rendido, no se encuentra con ganas de conversar. Se atrinchera tras el periódico o se dedica a la televisión. Cuando esto se repite con regularidad llegan a ser extraños entre sí. Están al borde del fracaso. El marido debe hacer un esfuerzo para salir de sí mismo y dedicar a su esposa una atención parecida a cuando era su novia. Hay que conseguir que en el hogar brille la alegría. Es la mejor salvaguardia del amor.
En el matrimonio no basta coexistir, hay que convivir. Y esto no es posible si no tienen nada en común. Hay que compartir gustos, ideas, valores. No basta que los cuerpos estén juntos, si las almas están separadas. Para la armonía matrimonial es fundamental la comunicación.
 

¿Cómo hacer fracasar un matrimonio?
1.      Abandonar las muestras de amor al otro cónyuge.
2.      Dejarse llevar del amor a tercera persona.
3.      Supervalorar los defectos del otro cónyuge.
4.      Contestarle mal y alzarle la voz.
5.      Prolongar los pequeños enfados, mantener la mala cara y ser difíciles para perdonar y pedir perdón, cuando sea necesario.
6.      Desinteresarse de las cosas del otro.
7.      Despreocuparse de hacerle feliz.
8.      Molestarle continuamente.
 
Para salir del conflicto matrimonial:
1.      Tomar conciencia del problema. Nada se resuelve si no se conoce su existencia.
2.      Que los dos quieran resolverlo.
3.      Buscar las causas que lo han originado.
4.      No echarse la culpa mutuamente.
5.      Perdonar: pedir perdón; ofrecer perdón.
6.      Partir de lo que los une, y apoyarse en ello.
7.      Buscar posible solución.
8.      Diálogo: Ponerse a hablar. Preguntarse, qué nos pasa?
9.      Escuchar. Aguantar. Tolerar.
10.  Buscar ayuda en tercera persona (amigo, consejero, sacerdote); pero no para que nos de la razón nosotros.

La felicidad del hogar no puede buscarla cada uno independientemente del otro. Ha de ser felicidad de los dos al mismo tiempo.El amor es un encuentro interpersonal de un «yo» con un «tú» para formar un «nosotros».
El auténtico amor no busca que la otra persona le haga feliz a uno, sino que uno busca hacer feliz a la otra persona, y en hacerla feliz encuentra su propia felicidad.
La felicidad conyugal es una conquista diaria. Fuego que no se alimenta, se apaga. Lo mismo ocurre con el amor Exige a uno y otro un empeño continuo para bien de la pareja y del hogar. No siempre es fácil comprenderse. Hace falta cierto esfuerzo para salir de sí mismo y encontrar el camino de la armonía.
Amar es, ante todo, buscar el bien del otro. Extremar la delicadeza en todo momento, la higiene íntima, los modales educados. La grosería, el descuido, la indelicadeza, la suciedad, llevan al fracaso matrimonial. La mayor intimidad exige el máximo cuidado en la persona y en los actos, si no se quiere labrar la propia desgracia, destrozando afectivamente el matrimonio.

Los esposos deben esforzarse en corregir sus defectos y mejorar su carácter para ir amoldándose el uno al otro y congeniar lo más posible. Hay matrimonios que, después de muchos años, se quieren más que en sus primeros tiempos, precisamente por el mutuo perfeccionamiento conseguido con este continuo vencimiento para hacerse mutuamente felices. Si quieres evitar muchos disgustos en el matrimonio, busca complacer y hacer feliz a tu cónyuge antes que tus gustos y comodidades.
Cuando los dos esposos procuran complacerse mutuamente, por encima de los intereses y gustos particulares de cada uno, el matrimonio es mucho más suave.


Mujer, para tu armonía matrimonial:

  1.  Acepta a tu marido como es.
  2. Admíralo en sus valores. Un hombre se siente feliz al verse admirado por su mujer. En cambio una de las cosas que más le humilla es ver que ella le desprecia. El desprecio mata el amor.
  3. Adáptate a su vida y no intentes que la cambie por ti. 

Para procurar la felicidad de tu esposo, debes caer en la cuenta de que su psicología es muy distinta de la tuya. La clave de la psicología masculina está precisamente en el predominio de las facultades de acción (razón y voluntad) y en el desarrollo menor de la sensibilidad. Desde la edad juvenil se manifiesta esta propensión masculina a la acción, y frecuentemente, a la acción violenta.
El chico de tipo corriente se apasiona por los deportes, juegos violentos, etc.
El hombre ya hecho, tiene también necesidad de trabajar, organizar, construir. Puede pasar durante el noviazgo o los primeros meses de casado, por un período en que el amor lo ocupe todo. De ordinario esto no le dura mucho tiempo. Un hombre, verdaderamente tal, que pueda vivir del amor, no existe. Una mujer no puede ser más feliz que si se entrega a seres de carne y hueso. El hombre no tiene más dicha que cuando se entrega a los negocios, a la actividad, a una obra, sin que esto excluya su dedicación a la familia.
Por eso debes comprender esta necesidad de acción de tu marido. Y no debes asombrarte de que tu marido no piense tanto en ti, como tú piensas en él o en tus hijos. Todo hombre se vuelve hacia la actividad exterior. Es feliz cuando construye, crea algo. La mujer no desenvuelve su verdadera naturaleza más que cuando se entrega a un gran amor, y puede sacrificarse por los seres a quienes ama. No exijas a tu marido una delicadeza y una ternura que a él no le va.

Los hombres son más fáciles a expresar su desagrado que su satisfacción. Tú procura hacer bien todas las cosas. Pero no esperes una alabanza de tu marido por ello. Él está acostumbrado a que en su trabajo no se le suele felicitar por lo que está bien hecho. Eso suele ser lo normal. En cambio se le reprende si algo no está bien.

Fácilmente él emplea la misma táctica en casa. Es lógico que a ti te gustaría que te agradezca el esmero que pones en tus cosas. Pero a él, ni se le ocurre. No lo lleves a mal. Es el modo de ser del hombre. La esposa debe ayudar al marido a que vaya conociéndola cada vez mejor descubriéndole cada vez más el alma femenina: sus anhelos íntimos, sus quejas, sus ilusiones, lo que le duele, desanima o humilla, lo que espera o desencanta de él.

Hay peligro de que la madre, por desvivirse por los hijos, abandone las atenciones de su marido, y que no tenga su ropa, comida, etc., a su gusto. Tampoco debe la esposa perder la disponibilidad a los deseos amorosos de su marido: una joven planchaba la ropa del recién nacido cuando fue requerida amorosamente por su marido:
 Espera un poco a que termine. Cuando hubo terminado de planchar y de ordenar la ropa del niñito, y guardado la plancha y el tablero, etc., etc., quedó decepcionada al ver el desinterés con que era recibida por su marido, enfrascado ahora en una interesante novela policíaca, y a quien se le había pasado el momento.Tu marido quiere que necesites de su amor. Disfruta, si tú disfrutas con él. Procura conseguirlo y decírselo. Le llenará de satisfacción.
Puede ocurrir que tu amor no sea tan apasionado como el suyo; pero siempre puedes mostrarte cariñosa y complaciente. No es el momento de hablarle de temas que nada tienen que ver con este asunto. Cuando tengas que negarte, hazlo con delicadeza. Que quede bien claro que no lo rechazas a él, que estás deseando complacerle, pero en otro momento.

El hombre es consciente de su fuerza física en contraposición a su esposa. Y no es haciendo prueba de fuerza como la esposa obtendrá algo de su marido, sino tomándolo en el momento oportuno por la ternura. La mujer es débil ante el marido cuando pretende usar la fuerza; es fuerte y omnipotente sobre él cuando obra por la ternura. Dulzura, paciencia y tiempo hacen más que fuerza y rabia.
Para saber interpretar diversas actitudes de tu esposo, te conviene saber que el hombre es más amigo de sus comodidades y de su bienestar, que la mujer. Es sensual en todo el sentido de la palabra. La mujer sacrifica regularmente sus comodidades a su vanidad. Es capaz de hacer grandes sacrificios para estar bella. El hombre, por el contrario, sacrifica alegremente su vanidad a sus comodidades: se quita la corbata, o crea modas que la suprimen; se pone en mangas de camisa, se instala cómodamente en el mejor sillón, ronca allí. Y no se molestará en echar la ceniza dentro del cenicero... Con gusto se hace servir. Es exigente, le gusta que le dejen en paz.


Si tu marido va a salir contigo, no le hagas esperar.Aparte de estos rasgos comunes a todos los hombres, aunque, claro está, no hay regla sin excepción, descubrirás en tu marido defectos insospechados o por lo menos de un amplitud que no sospechabas.
Ante estos defectos puedes adoptar tres actitudes: rebelarte, lamentarte, adaptarte.

  • Rebelarse es suscitar discusiones, choques, escenas y provocar la crisis del matrimonio.
  • Lamentarse causa desaliento, tristeza. Y en consecuencia estarás menos atenta al gobierno de la casa, y te desinteresarás de tu papel de esposa. Tu marido, menos feliz, se desviará del hogar; la alegría se marchitará y el matrimonio caminará por otras vías, hacia una crisis.
  • Adaptarse, amoldarse, renunciar a corregir lo que no es corregible, y llevarlo con paciencia. Con dulzura y paciencia inducir a tu marido a corregir, por agradarte, lo que es corregible. Hay que ser comprensiva.Sométete a él con dulzura y de buena voluntad. No olvides que el esposo es el jefe de la familia.Dice San Pablo: «Mujeres, obedeced a vuestros maridos».


Para que el matrimonio vaya bien es necesaria la comunicación. Para ello:

  1. Saber escuchar: Mientras te habla deja de hacer otra cosa al mismo tiempo. Aunque creas que ganas tiempo, pierdes comunicación. Dedícale una atención total, aunque eso te lo haya contado ya muchas veces. El marido necesita la admiración de su mujer, y esto no es posible si no le escuchas con atención. Si mientras te está contando algo, que él considera un éxito en su trabajo, le interrumpes para preguntarle si te ha hecho tu encargo, le haces polvo. Le muestras que no te interesa lo que te cuenta. 
  2.  No le des órdenes. Sólo consejos y con muchas delicadeza: «Si te parece...»; «Si tú crees que...»; «Si puedes...». Todo marido normal huye de la mujer mandona y regañona. No seas regañona ni mandona. Un marido contestó a su esposa: «Deja ya de mandarme. Soy tu marido, no tu hijo».
  3. Nunca le ridiculices ni digas nada que suponga poco aprecio de él. Todo lo contrario: cuando sea oportuno di algo a los demás, delante de él, que exprese la admiración que sientes por él.
  4. Interésate por los temas que apasionan a tu marido. Así podrás hablar con él de sus aficiones. Seguro que te lo agradecerá.
La casa debes tenerla siempre agradable, limpia, acogedora. Que tu marido tenga un sillón cómodo en el que pueda descansar a gusto de la jornada de trabajo. Y no le estés fastidiando a todas horas para que no te ensucie el suelo, para que no tire la ceniza del cigarrillo, para que no deje las cosas por medio, etc. Con todo esto espantas a tu marido de la casa. Ya se sabe que los hombres son muy descuidados, y conviene que al menos en casa se encuentren a gusto. Lo que hagan de buena gana, bien. Pero no conviene atosigarlos.
Si el esposo se encuentra a gusto en casa no se irá a buscar en otra parte lo que ya tiene en su propia casa. La mujer que aprecia a su marido, se interesa por sus cosas, es su apoyo y su descanso, se esfuerza por comprenderle y hacerle la vida agradable, tiene un arma poderosa contra la infidelidad.
Esto aumentará el amor de tu marido mucho más que un vestido nuevo o un peinado maravilloso; aunque esto también debes hacerlo. Cuando una mujer ama a su marido, todo lo que sea preparar el hogar para él es una expresión de su amor. Al amor no le importan los sacrificios. Precisamente se expresa con el sacrificio. Lo que hace que el hogar sea un paraíso o una cárcel, es que haya o falte el amor.
Acepta a tu marido como es, y no te empeñes en cambiarlo a tu gusto: fracasarás y lo alejarás. Te has ligado para toda la vida. Ya has escogido. Tu misión no será escoger a quien agradar, sino agradar a quien has escogido.
Resumiendo todo lo dicho, he aquí una normas para tu vida como esposa y madre: Serás una celosa y prudente administradora. No permitas lujos que tu posición no te admita. Tampoco pasarás la vida protestando porque los cortos ingresos de tu marido te impiden competir socialmente con amigas tuyas.
Colaborarás con tu marido todo lo que puedas. Siempre debes estar dispuesta a ayudarlo en la tarea dura de sostener la casa. En los momentos difíciles, harás los sacrificios que se relacionen con tu persona en bien de la economía doméstica. Cuando tu marido vuelva del trabajo de mal humor, no se lo empeores con tus imprudencias. Intenta suavemente que se desahogue contigo; pero si no quiere hacerlo, no le molestes; déjale en paz. Tu contemplación silenciosa será lo que más le tranquilizará.
Amor silencioso: ni intromisión inoportuna, ni fría despreocupación, que le alejaría de ti.
No le darás demasiada importancia a tu propia familia, ni le darás demasiada poca a la de tu esposo. Aunque ames a los tuyos como siempre y te encante visitarlos frecuentemente, tendrás presente que el primero y más grande amor de tu vida es tu marido. No amargues la vida de tu esposo manteniendo relaciones tirantes con su familia. A sus padres, míralos como si fueran los tuyos. Nunca hables mal a tu marido de su familia, y menos de su madre.

 
Decálogo de la esposa:
  1.  El hogar será lo que tú hagas de él. Ésa debe ser la gran obra de tu vida.
  2. Te corresponde la administración inmediata de los bienes. Sé previsora, prudente y con gran sentido común.
  3.  Que tu buen gusto y tus desvelos -más que tu dinero- hagan del hogar un refugio acogedor para cuantos constituyen tu lia.
  4.  Procura seguir siendo siempre la novia de tu marido. Y que ello se note tanto en tus palabras como en tu presentación.
  5.  Jamás olvides que antes que tus mismos hijos -y por supuesto tus padres- está tu esposo.
  6. Que tus palabras, tu alegría y tu sosiego sean alivio y descanso para cuantos constituyen tu hogar, o se acercan a él.
  7. Tu primer deber hacia tus hijos se llama ternura. Sobre ella, como base, te será fácil ir ejercitando, a una con tu marido, ese arte difícil y delicado que se llama educar.
  8. No grites, ni pierdas los estribos. Te harás obedecer mejor si dices a tus hijos las cosas con calma.
  9. Pon especial cuidado en el orden y administración del hogar: en las horas de las comidas, y en la prudente economía.
  10. Finalmente, si tienes la dicha de tener fe, busca tu apoyo en Dios, pues en Él encontrarás siempre la fuerza y la gracia que necesitas para llevar adelante tu hermosa misión en la vida.
     
Decálogo del esposo:
  1. Soluciona tu vida -al menos en lo fundamental- antes de constituir una familia.
  2. Tu trabajo es importante, pero que no te absorba dé tal modo que te robe un tiempo que debes a los tuyos.
  3. El buen humor, la permanente serenidad de espíritu, es el regalo más valioso que puedes ofrecer a tu esposa y a tus hijos.
  4. Tu esposa debe ser tu mejor amiga y compañera. Y has de tener hacia ella las mismas atenciones, al menos, que tenías cuando era sólo tu novia.
  5. Respeta su campo de trabajo. Pocas cosas hay tan ridículas y perjudiciales como un marido quisquilloso y entrometido en lo que es propio de su mujer.
  6. Si tu esposa está en condiciones de ejercer una profesión -salvando el cuidado del hogar- permíteselo.
  7.  En relación con tus hijos, no olvides que el educar es un arte. Arte difícil y delicado, integrado por un poco de ciencia, mucho de buen sentido y, sobre todo, mucho de amor.
  8. El ejemplo es la clave de la educación. Gánate con tu proceder el respeto y la obediencia.
  9. Sé muy hombre en todo, pero ten presente que esto es perfectamente compatible con las muestras de afecto que los tuyos necesitan.
  10. Y si tienes la dicha de ser creyente, que Cristo sea la luz y la alegría de tu vida en el cumplimiento de tus deberes de padre  esposo. 
MATRIMONIO.
Sacramento: El matrimonio es un sacramento en el cual -contraído según las leyes de la Iglesia- por el mutuo consentimiento de los contrayentes, expresado legítimamente con libertad y sinceridad, se les concede la gracia para santificar su unión conyugal y para cumplir bien los deberes matrimoniales, como son: la armonía conyugal, la fidelidad del corazón, el control de la concupiscencia, el dominio de carácter, ayuda y consuelo mutuos, la educación de los hijos, el sostenimiento del hogar, etc.La gracia no realizará de ordinario milagros, cuando las condiciones para un amor serio y auténtico han fallado en su base; pero puede evidentemente potenciar y robustecer el amor humano para que supere sus propias debilidades y deficiencias. El matrimonio, más que un frío contrato, es una alianza, una comunidad de vida y amor, una convivencia en la que la procreación, siendo algo muy importante, no tiene finalidad primordial. El amor y la mutua ayuda no pueden relegarse a segundo plano. «El matrimonio constituye una íntima comunidad de vida y de amor conyugal».  
El amor entre el hombre y la mujer es algo natural.
Llega un momento en que un hombre y una mujer se aman, deciden entrar en una comunión estable de vida y amor, para llegar a formar una familia. A esta comunión de vida y amor se le llama matrimonio. En el matrimonio los esposos entran libremente, pero ninguno de los dos, ni por separado ni de común acuerdo, pueden romperlo. El Divorcio: alguno aspectos Que el divorcio lo pagan los hijos es una verdad que pone de manifiesto el estudio realizado por Martin Richards que dirige el Centro de Investigación de la Familia de la Universidad de Cambridge, que ha realizado un ambicioso estudio sobre el desarrollo psico-social de diecisiete mil niños británicos. La conclusión es demoledora: a los hijos de los divorciados les va mucho peor en la vida. Una estadística publicada por el Tribunal de Menores de Chicago afirma que el 80% de los menores que comparecen ante este Tribunal, son hijos de divorciados. Según un reportaje del semanario «Newsweek» del 11-II-80, en Estados Unidos hay doce millones de menores de dieciocho años hijos de divorciados, y según él «Uniform Crime Report»(1976) de los menores procesados por delitos comunes en Estados Unidos, el 82% son hijos de divorciados. Los hijos son las terribles víctimas del divorcio. Quedan con el corazón destrozado, la idea de la familia equivocada, y siempre con una educación fracasada. «Los hijos de los divorciados son huérfanos de padres vivos»(Dr. Carnot). Los hijos de los divorciados son más huérfanos que los verdaderos huérfanos; pues éstos, al menos, pueden vivir de un recuerdo y guardar a sus padres difuntos todo su respeto y todo su amor. Armonía matrimonial: Los casados deberían examinarse con humildad y lealtad para ver si deben corregirse de algún defecto que obstaculice la armonía matrimonial.

Pocos matrimonios habrá en los que alguna vez siquiera no haya habido un disgusto serio. A veces los disgustos son frecuentes. Las causas pueden ser muchas: orgullo, egoísmo, frivolidad, obstinarse en querer tener siempre la razón, sensualidad desenfrenada, sensibilidad exagerada, palabras imprudentes, celos enfermizos, desorden negligente, etc. Rara vez la culpa será de uno solo. Un silencio cariñoso, el saber ceder con prudencia, el explicarse con calma, el olvidar cristianamente, etc., ayudan a pasar por encima de muchas dificultades. Los pequeños disgustos, al prolongarse, pueden terminar en algo grave. Lo mejor es acabar con ellos cuanto antes, con un poco de humor, espíritu de conciliación y capacidad de olvido.
Al cabo del tiempo puede que un día aparezca la decepción del cónyuge.

Evitar toda palabra descalificadora: Eres inaguantable. No se puede vivir a tu lado. Ya no te aguanto más. No te soporto. Que sea la última vez. Tu actitud es inadmisible. Etc., etc.
Nunca expresar a tu pareja tus sentimientos de agresividad. Para desahogarte podrías escribirle una carta manifestándole todos tus sentimientos. Pero una vez escrita, la rompes. No se la entregues. Ya te has desahogado.
El amor matrimonial no excluye los conflictos. Pero hay que solucionarlos. Aclarar las cosas sin herir. Más que buscar culpables, hay que buscar soluciones.En esos momentos es muy importante la comunicación mutua. Quizás preguntarle: ¿En qué te he decepcionado?. El amor, como las plantas, hay que regarlo para que florezca. Si no lo cuidas, terminará por secarse.A veces puede surgir el deseo de buscar fuera del matrimonio una compensación, que puede ser desde una santa ocupación hasta el adulterio. Ni siquiera la atención a los hijos puede justificar la desatención a la pareja. Aunque puede ser perfectamente compatible con la armonía conyugal una actividad en servicio de los demás.
Hay que procurar siempre, con prudente habilidad, que las disensiones - a veces inevitables - no se prolonguen. Si no se pone a tiempo remedio se producen heridas muy profundas. El desacuerdo serio y continuado en el matrimonio es una de las mayores cruces de la vida terrena.
Conviene saber llevar la cruz del matrimonio sobrellevando mutuamente las deficiencias de carácter, defectos, etc. En el matrimonio no todo es disfrutar. Está hecho también de comprensión y renuncia: Conocerse y animarse, comprenderse y perdonarse.
 

Conviene no olvidar que el hombre es muy distinto de la mujer.

El hombre y la mujer son iguales ante la ley por tener la misma dignidad personal, pero son distintos corporal y psíquicamente, para poder complementarse. Por eso la mujer que no tiene feminidad es un marimacho, y el hombre sin masculinidad, una damisela.
Las diferencias fisiológicas entre el hombre y la mujer llegan hasta el cerebro.
Eso de que las diferencias de modo de ser entre hombre y mujer sean consecuencia de la educación recibida, no es cierto. Es verdad que la educación influye en el modo de ser, pero hay una base en la naturaleza. Lo mismo que fisiológicamente el hombre no puede dar a luz un hijo, psicológicamente la mujer está dotada de unas cualidades propias de la maternidad, que el hombre no tiene. La ternura femenina para con el niño es algo muy distinto de lo que el hombre es capaz de dar.
La mayoría de los hombres es capaz de tener una vida sexual sin amor; en cambio la mayor parte de las mujeres sólo son capaces de entregarse a un hombre cuando lo aman.
El hombre es más carnal, la mujer más tierna; el hombre debe saber que ella no encuentra placer en el amor físico, sino a través del amor psíquico.
La mujer es más detallista, el hombre mira las cosas en síntesis. Al hombre le gusta conquistar, a la mujer ser conquistada; a la mujer no le importa ser dominada por la fuerza, el hombre prefiere ser dominado por el cariño. La mujer ha nacido para amar y el hombre para luchar.
 

No exclusivamente, pero sí preferentemente.


El hombre se manifiesta, sobre todo, por su carácter activo, emprendedor, creativo; la mujer, más bien, por su carácter acogedor, receptivo. Hasta la constitución física, de alguna manera, está moldeada para expresar esta diversa manera de estar en el mundo.
El hombre razona, la mujer intuye. El hombre es más cerebral, la mujer más cordial, más sentimental: incluso puede dejar que los sentimientos influyan en su razón. El hombre se preocupa más de las cosas, la mujer de las personas. El hombre tiene tendencia a lo universal, la mujer a lo concreto. El hombre se interesa más por las ideas, la mujer por los afectos. El hombre quiere que lo valoren, la mujer que la amen.  

El hombre vence por la fuerza, la mujer por la lágrimas. 

La mujer se deja dominar por los sentimientos mucho más que el hombre.Mientras ella manifiesta sus sentimientos fácilmente, el hombre suele sentir pudor en manifestarlos: por eso es frecuente que los oculte. La mujer ama y sufre con más intensidad que el hombre. Por eso cuando odia es temible: su maldad, su espíritu de venganza y su ingenio para hacer daño son terribles.La lógica en el hombre es reflexiva, en la mujer intuitiva. El hombre que tropieza con lo imprevisto, se desorienta y tiene que estudiar de nuevo el asunto. La mujer, en un caso similar, emplea la lógica de la adaptación o mutación. Este discrepancia matrimonial parece que les aleje al uno del otro. El hombre debe imponer su criterio razonadamente, sin humillar a su mujer; la mujer, con intuición, debe ayudar a su marido procurando aunar opiniones. La felicidad matrimonial se consigue no mandando ni el uno ni el otro, sino obedeciendo los dos.La imaginación y sensibilidad es más acusada en la mujer. En el arreglo del hogar lo demuestra. Su gran sensibilidad hace que lo nimio la haga feliz o la haga llorar. Cosas al parecer insignificantes para el hombre, a la mujer le producen gran disgusto.
La mujer es fácilmente feliz con ilusiones pequeñitas, detalles, delicadezas, etc.
El hombre generalmente le da menos importancia a todo esto, y vive más las grandes ideas de la fe, de la política, de los negocios, etc.La imaginación masculina es de ideas y, por lo tanto, es intelectiva; menos expuesta a error por apoyarse en la realidad y no en el sentimiento, que es lo propio de la mujer. Esta discrepancia a veces produce disgustos. El hombre debe comprender a la mujer y apreciar sus sentimientos.
El juicio de la mujer es más rápido, y juzga según odie o ame; en cambio, el hombre juzga después de madura reflexión. Esta divergencia puede conducir a que la mujer considere al marido demasiado calculador, y él a su mujer ligera y alocada. Sin embargo, no debe el marido despreciar el juicio de su mujer, pues ella capta detalles que el hombre desprecia y pueden conducir al fracaso. Estas discrepancias las impone la diferenciación sexual; y el milagro del matrimonio presidido por el amor hace que se adivinen los pensamientos. La mujer aceptando lo que el hombre dice. El hombre comprendiendo lo que la mujer quiere decir. Ella es dichosa si el marido adivina sus deseos.

La diplomacia con que Dios ha dotado a la mujer puede emplearla siendo el ángel tutelar de su marido, pero sin que se resienta su orgullo de varón. La propia estimación del hombre es lícita, pero con exageración caería en un salvaje egoísmo; cualidad ésta que usada ponderadamente hace que la mujer se sienta protegida con sensación de paz y seguridad. La mujer es feliz si lo son los que ella ama. El deseo de agradar es innato en la mujer. Ella va a la conquista del hombre. En esta actitud debe continuar toda su vida matrimonial. Ello será un medio para que el marido conserve su castidad. El amor conyugal es mixto, con tres factores: primero, amor sensible; segundo, amor espiritual y, tercero, amor sobrenatural. El sensible es el que acerca los dos sexos y cumple la función sexual del débito matrimonial. El espiritual valora las cualidades anímicas y desea para el ser amado el mayor bien, entregándose a él en cuerpo y alma. El sobrenatural ofrece nuestro amor para la propia santificación y hace la continuación de nuestra propia vida en nuestra descendencia con miras a la eternidad. La felicidad matrimonial no se logra aturdiéndose con fiestas y riquezas, sino con el hogar ordenado, el cariño de los hijos y la paz en el alma de ambos cónyuges, dejando las adversidades y alegrías en manos de Dios.El hombre es estable, la mujer voluble. Ya lo dijo Virgilio en la Eneida (IV, 559) la mujer es variable y tornadiza. Y también Verdi en su famosa ópera Riggolletto (Acto IV,4 ): la donna ´e mobile: la mujer es variable. Tan mudable que muchas veces ni ella misma se entiende. Como está hecha para la maternidad su psicología está afectada por los cambios fisiológicos del ciclo reproductor. La pérdida periódica de sangre la debilitan. Psíquicamente busca el apoyo del hombre.

La protección del hombre le da seguridad. Le gusta el hombre fuerte, varonil. No sólo físicamente, sino también espiritualmente.Muchos matrimonios fracasan porque se han contraído con ligereza y frivolidad; sin conocerse y sin amarse. Por sólo apetito sexual. Y esto no basta para hacer feliz un matrimonio. Otros fracasan por inmadurez. Se casan sin estar preparados para la unidad matrimonial, sin haberla siquiera entendido. Siguen dentro del matrimonio viviendo su individualidad, y los casados deben vivirlo todo «con y para» el otro.Para que un matrimonio vaya bien, hace falta la colaboración de los dos; pero para hundirlo, basta con uno.
El matrimonio no es un contrato de servicios sino una comunidad de vida y amor, como dice el Concilio Vaticano II.
La huida de todo sacrificio quita al amor el sello de su autenticidad. Cuando vaya pasando el tiempo de tu matrimonio, encontrarás en tu cónyuge defectos de carácter que no advertiste en el noviazgo. No se los eches en cara de una manera desagradable. Eso sería contraproducente. Tampoco los consideres como de gran importancia. Es preferible que atiendas las virtudes que te movieron a elegir esa persona para unirte en matrimonio, y que sirven de contrapeso. En este mundo nadie es perfecto, y hemos de resignarnos a sobrellevar los defectos de nuestros prójimos. Procura portarte como si fuera tal como tú deseas. Esto le ayudará a que llegue, a la larga, a ser como tú deseas.
Durante el noviazgo sólo se ven las buenas cualidades de la persona a quien se ama. Con los defectos hay mucha indulgencia. En cambio de casados ocurre al contrario: hay cierta tendencia a olvidar las buenas cualidades y a aumentar los defectos.
El orgullo desempeña un papel muy importante en las disputas matrimoniales. El remedio es la humildad, reconocer los errores y dar explicaciones aprovechando un rato de calma. Y si se domina el buen humor es un modo magnífico de terminar muchas disputas. Las dificultades conyugales son menos graves de lo que parecen, y pueden superarse con buena voluntad.
Supongamos dos esposos que después de algunos años de convivencia se encuentran en plena discordia, pero de tal modo exasperados y furiosos que quieren separarse lo antes posible y a costa de lo que sea. Al principio estaban muy contentos, se consideraban felices; ahora, en cambio, maldicen el día en que se casaron. ¿Cómo ha sido eso? Los dos tienen defectos, pasiones, errores, pero, quién no los tiene? Cuántos tienen los mismos defectos que ellos, o acaso más, y sin embargo viven en paz! ¿Qué es lo que les ha conducido a la infidelidad y a la ruina?

El esposo, algún tiempo después del matrimonio, ha comenzado a darse cuenta de las lagunas y defectos de su esposa, y esto le ha disgustado y le ha irritado.Bondadosamente, le ha hecho notar estas cosas, pensando que su mujer se enmendaría pronto de sus defectos. Le parecía tan sencillo y tan fácil! Pero ella no se ha corregido... Entonces la atención del marido se ha centrado más y más sobre las faltas y errores de ella, con lo que su desagrado, y luego su mal humor, han ido en aumento. Parecíale que ella no tenía buena voluntad y no le amaba, pues nada cambiaba su conducta, ni su modo de hacer; lo cual cada vez le disgustaba, irritaba y hería más vivamente.
Pero también el marido tenía lagunas, defectos, errores; y la mujer en ese mismo tiempo ha fijado su atención en ellos, y se ha desarrollado en su alma un drama igual al que se producía en el ánimo del marido. Pensaba que él pretendía mucho de ella y no se preocupaba de cambiar ciertas maneras suyas que la ofendían y amargaban. Hubiera costado tan poco!... Y así llegaron a donde llegaron.
Algún juez imparcial dirá inmediatamente que la conducta de los dos ha sido estúpida, y ambos han sido los autores de su desdicha. Si cada uno de ellos, en lugar de atender a los defectos y agravios del otro, en lugar de emperrarse en la pretensión de que el otro se corrigiera, hubiese observado sus propios defectos y se hubiera esforzado en quitar de sí lo que disgustaba al otro, habrían vivido en paz y la buena armonía se habría consolidado cada vez más. Ésta era la única conducta práctica razonable; era también la única cosa que cada uno podría hacer, ya que no tenía ningún poder sobre la voluntad del otro. Pero no han hecho lo que podían; han pretendido cada uno que fuese el otro el que lo hiciese, y así han llegado a ser desgraciados.
En este proceso de mutua "domesticación" que tiene que sufrir todo matrimonio, es esencial, por una parte, la constancia y, por otra, la mutua delicadeza. Nada de impaciencia con los defectos del otro; mucho tacto y, sobre todo, no restregárselo con dureza, ironías o ridículos.
Las moscas no se cazan con vinagre. Tampoco tratéis de rehacer el otro a vuestra imagen y semejanza. Por parte de cada uno de vosotros, el esfuerzo debe ser contrario: no tratar tanto de rehacer al otro, cuanto de adaptarme al otro.
La mayor parte de los conflictos en el matrimonio son causados por falta de mutua adaptación. Para que el matrimonio progrese los dos deben remar en la misma dirección. Si cada uno rema en sentido contrario, la barca girará sobre sí misma. Quien no esté dispuesto a adaptarse al otro, más vale que no se case. Sin esfuerzo de mutua adaptación, el matrimonio no hay quien lo aguante. El continuo choque de opiniones, deseos, planes, gustos, etc., convierte al matrimonio en un infierno.
Es posible que no coincidáis en gustos, planes, deseos, etc. Pero si quieres a la persona, de buena gana aceptarás lo que ella prefiera. Cuando los dos quieren dominar, el choque es inevitable.Cuando los dos quieren adaptarse, la armonía es maravillosa. El Dr. Vallejo- Nájera dijo por Televisión Española que la raíz de muchos matrimonios desgraciados es porque esperan demasiado del otro y quedan defraudados.
Exigir del otro que se adapte, que procure mejorar su personalidad, querer que luche contra sus defectos y consolide sus cualidades, bien está. Pero exigir que eso se realice enseguida, y que la transformación sea inmediata, sería nefasto. Se obligaría entonces al cónyuge a contentarse con cambiar las apariencias, se le conduciría a adoptar unas actitudes que serían forzosamente superficiales; el resultado no tardaría en manifestarse con un retorno a las costumbres antiguas y un mutuo desengaño. Si hay algo que debe evitarse es eso.

 

Más vale proceder gradualmente, contar con el tiempo y obtener resultados ciertos.

Esta paciencia será sin discusión, una de las formas superiores del amor y un testimonio irrecusable de desinterés. Saber esperar a que el cónyuge logre superar sus defectos, animándole sin hostigarle, ayudándole sin desquiciarle, éste es uno de los primeros pasos en el camino del acuerdo de las personalidades. Este acuerdo se efectuará con tanta mayor seguridad cuanto con más calma se proceda. Excitarse no servirá de nada; Lo más que se conseguirá es exasperarse uno mismo y exasperar al otro. En tal ambiente, el acuerdo, en vez de progresar, retrocedería multiplicando los roces y exacerbando los choques. Todo esto no quiere decir que se encierre uno en la pasividad esperando que el cónyuge se decida de una vez, a realizar un esfuerzo para adaptarse, sino que significa que al exigir de él unas manifestaciones de buena voluntad, se impondrá uno a sí mismo una paciencia a toda prueba, respetando el curso del tiempo y contando con la lentitud normal de toda evolución humana.


Saber repetir una corrección. Repetirla sin dejar traslucir que está uno harto y a punto de estallar.Repetirla, por el contrario, con incansable afabilidad, con una pizca de buen humor, pero nunca fuera de tiempo. Dominar esta impaciencia, esta precipitación, e imponerse contar con el tiempo. Esperar que poco a poco se efectúe la evolución requerida. El tiempo destruye siempre lo que se hace sin él. En toda observación evitar las palabras agrias; en toda crítica, evitar las palabras ultrajantes; en todo reproche, evitar la aspereza;  tales son las condiciones que se requieren previamente para el acuerdo conyugal. Éste no puede realizarse más que en un clima en que el afán de comprensión recíproca sea evidente. Este ambiente se creará si de una parte y de otra se emplea la destreza necesaria para hablarse con provecho. La preocupación por proceder con tacto conducirá a no hablar nunca bajo el efecto de la emoción violenta que acompaña habitualmente a la primera reacción. Le sucede a nuestro espíritu lo que al agua: cuando ésta se enturbia ya no se puede ver nada en ella; hay que dejarla reposar para que recobre su limpidez.
La crítica mutua en el matrimonio es buena y ayuda a mejorar. Pero debe ser una crítica que nace del amor y se hace con amor. No una crítica-reproche que molesta al otro. Éstas son inútiles y perjudiciales, porque deterioran la convivencia. Una crítica que es un desahogo de la agresividad, produce agresividad en el otro. La finalidad de la crítica debe ser ayudar al otro a ser mejor. Por eso, no pedir imposibles; ni hablar con vaguedades que no concretan lo que debe cambiar; ni en plan exigente, sino sugiriendo. Y en el momento oportuno. Una crítica a destiempo es perjudicial, o, por lo menos, inútil.

Es necesario, a todo precio, vencer el mal humor y, para conseguirlo, cultivar el arte del perdón recíproco. Que no se tema ir demasiado lejos en este sentido, porque si es peligroso perdonar demasiado, mucho más peligroso es no perdonar lo suficiente. De tener que elegir entre los dos excesos habría que optar sin titubeo por el primero; porque un exceso de bondad sólo pude servir al amor, mientras que, por el contrario, éste no podría sobrevivir a una negativa del perdón. En la vida conyugal es donde tiene más aplicación la respuesta de Cristo: hay que perdonar setenta veces siete. Es decir, siempre! Solamente en la medida en que el uno y el otro hagan de esta ley cristiana norma de su vida cotidiana florecerá la comprensión en la vida común. Cualquier otra orientación sólo puede acarrear endurecimientos y choques que acabarán por destruir la felicidad.

Para que la vida en común sea bella, para que sea armoniosa y reine en ella la alegría, para que el amor sea fácil, es preciso que marido y mujer se traten con toda caridad, concediéndose recíprocamente un perdón renovado sin cesar.
Cuando tengas que reprender a tu cónyuge, no lo hagas con reproches duros, que suelen motivar reacciones violentas. Es preferible una suave sugerencia que facilite la disculpa, el acuerdo, la avenencia. Con mucha frecuencia en el origen del enojo está el orgullo. Algunas torpezas inconscientes y repetidas traen como consecuencia que la mujer ofendida se refugie en una protesta silenciosa. Se encierra en sí misma, negándose a avanzar por el camino de la comprensión. No admite el perdón.
Pensando que ha iniciado ella demasiadas veces los pasos de la reconciliación, se repliega ahora a la defensiva y manifiesta su protesta con una terquedad irreductible.

No posee ella, sin embargo, el monopolio del malhumor. Hay que reconocer que el hombre, a su vez, lo utiliza con frecuencia, impulsado también por el orgullo. En él también, puede triunfar la fobia a dar el primer paso. Ésa es la manera mejor de hacer la vida común insostenible. El triunfo de la terquedad, del orgullo, y malhumor, actúa sobre el amor como un cáncer. Muchos de los fracasos matrimoniales se deben a la falta de comunicación. Porque la mujer no encuentra en el marido atención a lo que ella necesita comunicar.

Muy cercana al malhumor está la taciturnidad. Es un estado de espíritu en el cual no se encuentra nada que decir. Este defecto es, la mayoría de las veces, patrimonio del hombre. Aun no siendo siempre consecuencias de mala voluntad, no por ello debe dejar de ser corregido. Hay maridos que no comprenden que imponen así a su mujer un verdadero suplicio. A lo largo de todo el día, ella no tiene nadie con quien hablar. Cuando llega el marido, siente una necesidad muy comprensible de comunicarse con él. Pero éste cansado y rendido, no se encuentra con ganas de conversar. Se atrinchera tras el periódico o se dedica a la televisión. Cuando esto se repite con regularidad llegan a ser extraños entre sí. Están al borde del fracaso. El marido debe hacer un esfuerzo para salir de sí mismo y dedicar a su esposa una atención parecida a cuando era su novia. Hay que conseguir que en el hogar brille la alegría. Es la mejor salvaguardia del amor.

En el matrimonio no basta coexistir, hay que convivir. Y esto no es posible si no tienen nada en común. Hay que compartir gustos, ideas, valores. No basta que los cuerpos estén juntos, si las almas están separadas. Para la armonía matrimonial es fundamental la comunicación. El hablar aclara las cosas. El silencio enreda cosas que no debían haber sido problema. Un día, una esposa ve pasar a su marido en su coche con una joven al lado. Es una compañera de trabajo, y la lleva al médico. Pero su mujer se imagina lo peor. Cuando él llega a casa, con toda naturalidad, y como siempre, va a besar a su esposa. Ella con la idea que tiene en la cabeza lo recibe displicentemente. Él se extraña, pero calla. Ella también calla. Al día siguiente él se acerca a darle el beso de costumbre, y nota en ella la misma reacción.

Al tercer día, se va directamente a su habitación sin besarla. Ella saca su conclusión: no hay duda que se ha liado con la otra. Ya tenemos una tragedia que se hubiera evitado sin el silencio de los dos.
Hay mujeres que se quejan de que sus maridos no hablan; pero no caen en la cuenta de que ellas no dejan hablar, pues son interminables narrando sus cosas. Otras interrumpen continuamente lo que a ellos les parece interesante contar, con multitud de cositas: ¿Cómo te has hecho esa mancha?, está buena la sopa?, ten cuidado con la ceniza!, etc. Así dan a entender a su marido que lo que él les cuenta no tiene para ellas ningún interés, y al marido se le quitan las ganas de hablar.
Muchos disgustos matrimoniales se deben a falta de comunicación. A uno de los dos le ha molestado algo del otro, o sospecha algo. En lugar de decírselo y aclarar las cosas, guarda silencio y pone cara larga. El otro no sabe lo que pasa, y se molesta a su vez. La tirantez va en aumento, y puede llegar a un rompimiento. Esto no hubiera ocurrido hablando con sinceridad. Diálogo no es la yuxtaposición de dos monólogos, sino que ambos procuran ver con los ojos del otro.

Para remediar las desavenencias en el matrimonio te recomiendo este libro excelente: «Felicidad conyugal: sus obstáculos; su éxito»
Además de ser un libro provechosísimo para los casados, también lo es para los que se acercan al matrimonio; para que sepan, desde el principio, evitar todos los pasos que les aparten de la felicidad conyugal.El matrimonio, como todas las cosas, tiene su lado negro; y es necesario soportarlo. El sufrimiento es en esta vida inevitable, y hay que aceptarlo.
Nunca deberemos olvidar que incluso en un matrimonio en el que reine un verdadero amor, siempre habrá lugar para el sacrificio. A veces puede ser necesaria una autodisciplina, tan recomendada por la ascética cristiana, para el control sexual de los esposos.
Incluso en la formación integral prematrimonial, siempre deberá promocionarse el sacrificio como elemento indispensable del matrimonio cristiano.La felicidad de un matrimonio no se hunde porque en alguna ocasión pueda haber un disgusto.


Son consecuencia de la fragilidad humana. Pero siempre sale el sol después que pasan los nubarrones. Cuando hay amor y virtud las dificultades son más llevaderas. Es muy difícil que en un matrimonio no surjan problemas. Lo importante es que se mantenga el amor, y se sobrelleven con virtud los defectos de la otra persona. Y no contar a terceros las desavenencias conyugales; a no ser para pedir consejo a persona amiga e imparcial.


Los esposos deben saber apreciarse mutuamente. Que la mujer aprecie el trabajo de su marido, su prestigio social, su responsabilidad, sus éxitos, etc. Que el marido sepa apreciar lo que supone la consagración total de la mujer a los hijos y al hogar. Jamás decir nada que pueda suponer menosprecio del otro, aunque sea una pequeñez. Dar siempre a entender, en el hablar, que se siente admiración por el cónyuge. La mujer está todo el día de cabeza con los quehaceres de la casa.
Termina el día reventada, y nunca descansa lo que necesita. El día siguiente será para ir acumulando cansancio. El marido también vuelve cansado del trabajo. Nunca tienen un rato libre para ellos . Están fatigados, nerviosos, y es fácil que salte la chispa. El marido debe buscar algún rato para oír las cosas que preocupan a su mujer. El diálogo entre los esposos es indispensable.

La convivencia matrimonial necesita comunicación. Hay que saber exponer los propios sentimientos que le produce el otro cónyuge sin herirlo, y oír los sentimientos que él produce en el otro sin defenderse. Un diálogo así es el éxito de la convivencia matrimonial. Para esto es necesario aceptarnos a nosotros mismos como somos, y aceptar al otro como es. Si sentimos odio por nosotros mismos, chocaremos con los demás. No puede llevarse bien con los demás el que se lleva mal consigo mismo.

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