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Comunidad de Responsables MARIA AUXILIADORA

Si no tengo AMOR nada soy

Si no tengo AMOR nada soy

LO MAS IMPORTANTE ES EL AMOR

 

Una breve historia.

Una pobre mujer, con su hijo pequeño en brazos, pasaba delante de una caverna, cuando escuchó una voz misteriosa que desde dentro le decía: “Entra y toma todo lo que quieras, pero no te olvides de lo principal. Una vez que salgas, la puerta se cerrará para siempre. Por lo tanto, aprovecha la oportunidad, pero no te olvides de lo más importante...” La mujer entró toda temblorosa en la caverna y encontró allí mucho oro y diamantes. Entonces, fascinada por las joyas, puso al niño en el suelo y empezó a recoger, ansiosamente, todo lo que cabía en su delantal. De pronto, la voz misteriosa habló nuevamente: “Te quedan sólo cinco minutos”. La mujer, afanada, continuaba recogiendo lo más que podía. Al fin, cargada de oro y de piedras preciosas, corrió y llegó presurosa a la entrada de la cueva cuando la puerta ya se estaba cerrando. En menos de un segundo se cerró. Y en ese momento se acordó de que su hijo se había quedado dentro... ¡La cueva estaba ya sellada para siempre! El gozo de la riqueza desapareció enseguida y la angustia y la desesperación la hicieron llorar amargamente.  Lo mismo nos sucede a la mayoría de nosotros.

 

SI NO TENGO AMOR…

Del amor hablamos todo el día, a todas horas, en todas partes. Y es precisamente el amor el gran desconocido del hombre. El cristianismo ha hecho del amor no sólo su aspiración más ingente, sino su propia razón de ser. De tal manera que si despojamos al cristianismo del amor, del cristianismo no quedaría nada. Ni una sombra, ni una huella. El árbol sin tronco y sin follaje no sería más árbol.

 

Todos queremos ser felices y hacer felices a nuestros seres queridos. Hay mucha gente que cree que lo más importante es dar cosas, regalos, dinero…Hoy en día  a la luz del Evangelio, vemos que lo que el hombre necesita es sentirse alguien, comprendido, escuchado, atendido, lo que más necesita es amor.

 

Junto con Pablo tenemos que decir: “ Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo  que retiñe.

Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha” 1 Cor 1, 13.

 

Para ser felices en la vida en Comunidad, tenemos que amar dejar que el infinito amor de Dios en nosotros vaya sanando heridas, para no tener una comunidad enferma.

 

 

CONVIVENCIAS DIFÍCILES

Lev 25,17.

Ninguno de vosotros dañe a su prójimo”…

 

La vida sigue ante mí. En cada momento decido, hago mil cosas. El amor me guía y me lleva. Hacia el bien o hacia el mal, hacia la solidaridad o hacia el egoísmo, hacia la pureza o hacia la concupiscencia, hacia el autocontrol o hacia el desenfreno, hacia la paz o hacia el odio. Según lo que amo, escojo, y según lo que escojo, soy.

 

¿Saben el cuento de la rosa y la nube?

“La tierra estaba reseca y dura; desde largo tiempo atrás no caía una gota de agua. Y la pobre rosa, inclinada sobre su tallo, marchita y pálida, se moría de sed. Una tarde vio pasar una nube. Era una nube blanca, enorme como una montaña. La rosa levantó la voz cuanto pudo y le imploró:

-          Dame unas gotas de lluvia; estoy sedienta...

-         Imposible, amiga mía. Voy de viaje a otros países y no puedo detenerme.

-          Unas gotas, nada más... - pidió la flor

 

Y la nube orgullosa, siguió su marcha; pero a medida que se alejaba, sentíase triste. Una voz interior le decía que había procedido mal.

Volvió apresuradamente, se detuvo sobre la rosa y le dejó caer un poco de lluvia; pero ya era tarde. La dulce flor había caído sobre la tierra, deshecha en un sinnúmero de pétalos amarillos.

La nube prosiguió su viaje llorando y arrepentida de su crueldad con la pobre rosa.

Todos conocemos lo que significa convivir con personas difíciles, las que para nosotros resultan duras, cerradas, distintas, agresivas, criticonas, algunos que encontramos “antipáticos”.

Este es un problema serio en la Comunidad, porque nos juntamos personas muy diferentes, pero hay que recordar que estamos unidos por el amor de Dios, nuestro origen es muy distinto a otros grupos.

Esto sucede en los matrimonios también, donde a veces al cabo de un tiempo dos personas terminan rechazándose.

Hay que tener en cuenta la “ley del acogimiento mutuo”, que muy bien podría llamarse “ley del eso”, dice que en la convivencia cada hombre recibe lo que da, porque el hombre aún sin advertirlo responde como un eco, repite lo que le hacen, si eres atento en felicitar, acoger, celebrar, dar importancia… acabas encontrando eso mismo, te felicitan, te acogen te celebran.

Con cualquier persona tenemos dos posibilidades, ser bueno o ser malo, blando o duro, abierto o cerrado, de hecho acabarás siendo lo que el otro te hace ser.

Por lo tanto, convivir con personas desagradables es bien difícil, pero… ¿habíamos pensado que somos nosotros los que la hacemos agradable o desagradable?

 

LA FUERZA DEL AMOR.

Mt 15,18

En cambio lo que sale de la boca viene de dentro del corazón, y eso es lo que contamina al hombre

 

Los hombres y las mujeres del planeta, ¿vamos hacia arriba o hacia abajo? Todo depende, decía san Agustín, del amor. En su obra más famosa, las Confesiones, acuñó una frase que se ha hecho famosa: “Mi amor es mi peso

 

¿Qué quería decir con estas palabras? Agustín lo explicaba con estas palabras: “El cuerpo con su peso tiende a su lugar; el peso no va solamente hacia abajo, sino a su lugar. El fuego tiende hacia arriba; la piedra, hacia abajo; por sus pesos se mueven y van a su lugar. El aceite derramado debajo del agua se levanta sobre el agua; el agua derramada encima del aceite se sumerge debajo del aceite: por sus pesos se mueven: van a su lugar” (Confesiones, 13,10).

El lugar hacia el cual voy depende de aquello que amo. ¿Amo la tierra? Voy hacia ella. ¿Amo el cielo? Vuelo hacia él.

 

La crisis convivencial se provoca al criticar, al juzgar, al condenar, a los demás, creemos que el otro tiene que cambiar…

Si pensamos eso, tenemos que reflexionar en que la vida del hombre pasa por tres etapas: la primera es la del joven que cree que puede y debe cambiar el mundo, piensa , el mal está fuera de mí, de ahí tengo que arrancarlo. y pide “Señor dame fuerzas para cambiar el  mundo”. La segunda es la del adulto, que experimenta sus limitaciones y recorta sus sueños, no puede abarcar el mundo entero es excesivo, tengo que limitarme a lo que cae dentro de mi pequeño campo de influencia, ”Señor que  transforme a los que se acercan a mí”. Y en la tercera etapa del adulto maduro, se da cuenta que cambiar al otro es como la lucha del Quijote contra las aspas del molino, no tiene sentido, el espacio único donde tiene poder y debe ejercerlo es uno mismo, los sueños utópicos se han  transformado en realistas y dice “ Señor dame la gracia de cambiarme a mi mismo”

Jesús nos dice que lo que tenemos que cambiar es el corazón de uno mismo, para que se inicie el cambio en la Comunidad.

 

Vivir en el amor es como tener un manantial inagotable de alegría, de paz, de entusiasmo, de acogimiento mutuo…y basta que ames para que sucedan a tu alrededor cosas increíbles…llegarás a ser feliz. Hacer como dice San Agustín “Ama y haz lo que quieras”.

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